‘El club de la lucha 2’, ejercicio en metalingüistica lisérgica

El club de la lucha 2

No cabe duda de que al eliminar la paja de todo el cine que pudo verse durante los años 90, y quedarnos sólo con ese puñado de títulos esenciales que “nos llevaríamos a una isla desierta”, la soberbia adaptación que David Fincher hizo de ‘El club de la lucha’ sería una de las más claras e inmediatas elecciones que servidor haría junto a producciones como ‘Seven’, ‘La lista de Schindler’, ‘Salvar al soldado Ryan’, ‘El jorobado de Notre Dame’, ‘Matrix’, ‘Muerte entre las flores’, ‘JFK’, ‘Rocketeer’, ‘Terminator 2’, ‘Reservoir Dogs’, ‘Pulp Fiction’, ‘Sin perdón’, ‘Cadena perpetua’, ‘El rey león’, ‘Braveheart’, ‘Toy Story’, ‘Sospechosos habituales’, ‘Tesis’, ‘Persiguiendo a Amy’, ‘L.A. Confidential’, ‘La princesa Mononoke’, ‘Porco Rosso’, ‘Dark City’, ‘El show de Truman’ o ‘Toy Story 2’ —hay que admitir que, por mucho que cuando la comparamos con los ochenta, la nostalgia nos pueda y afirmemos que el cine de hace treinta años es mejor que el de hace veinte, los 90 fueron muy potentes.

Y es que el trabajo de Fincher al adaptar a Chuck Palahniuk es uno de esos instantes afortunados en el que el cine trasciende el mero hecho de entretenimiento y se convierte —y en el caso de ‘El club de la lucha’ fue de forma casi inmediata— en un filme de culto que marca a toda una generación. En mi caso, con veinticuatro años, asistir al fascinante espectáculo cargado de testosterona que fue la cinta supuso además el tener un asidero en el que apoyarme para observar la realidad desde otra perspectiva, la de crítica de extrema mordacidad al consumismo del capitalismo, ese que tan bien definían escritor y cineasta con aquella sentencia de “Tú no eres tu trabajo. No eres cuánto dinero tienes en el banco. No eres el auto que conduces. No eres el contenido de tu billetera. No eres tus malditos pantalones. Eres la masa obediente del mundo.”.

Acompañada de otras sentencias de la misma categoría y adornada con una narrativa asombrosa y las actuaciones de unos Brad Pitt y Edward Norton en perpetuo estado de gracia, ‘El club de la lucha’ lleva casi veinte años figurando de forma impenitente en el grupo de películas que uno recomienda a ciegas incumpliendo, por supuesto, la primera regla del club, esa de que “no se habla sobre el club”. Pero sobre el club hay que hablar. Lo llevamos haciendo casi cuatro lustros, y ahora que Palahniuk, Dark Horse y Random House nos han brindado la oportunidad, quizás no consigamos seguir haciéndolo cuatro más por cuanto el impacto que tienen las páginas de un cómic no pueden todavía compararse con las que alcanzan los fotogramas de un filme, más seguro que continuaremos dándole vueltas a lo que aquí se plantea aunque sólo sea de forma introspectiva.

El club de la lucha 2-interior

Porque sí, porque tras leer las casi 300 páginas que cubren los diez cómics aparecidos en Estados Unidos bajo el blasón del caballo negro, no queda duda de que todo aquello que hacía tan fascinante y atrayente a la novela original y a la adaptación de Fincher, sigue vigente en este mundo hiperconectado, globalizado y despersonalizado en extremo en el que vivimos hoy. Un mundo que tiende a aplastar la individualidad y que intenta convertirnos en esa masa mediocre y borrega de la que hablaba el polémico escritor estadounidense hace ahora veinte años —la novela se publicó en 1996— y en el que, como ya pasara entonces, sigue haciendo mucha falta la extrema lucidez de Tyler Durden, el alter ego homicida del anónimo personaje apocado al que daba vida Edward Norton que pretendía acabar con el “stablishment” y al que el grisáceo empleado de una compañía de seguros “asesinaba” de forma espectacular en los últimos dos minutos de metraje de la película.

O no, que la mala hierba nunca muere. Oculto entre los pliegues del cerebro de Sebastian, que es como se hace llamar diez años después —diez en la continuidad del cómic, claro está—, Tyler sigue insistiendo en que el ‘Proyecto Mayhem’ lleve a cabo su objetivo de invertir nuestro mundo y devolvernos a una era más salvaje en la que tengamos que cazar para subsistir y en la que no existan cajeros automáticos que controlen nuestra existencia. Y lo consigue, o no…yo qué sé…que si hay algo que caracteriza a ‘El club de la lucha 2’ por encima de todo es que poder interpretar todo aquello que Palahniuk pone en juego durante la lectura es de tan difícil alcance, que el riesgo de aneurisma en aquellos que lo intenten con ahínco aumenta de forma exponencial.

Con el propio Palahniuk y su club de lectura como protagonistas de la acción que el literato va escribiendo a lo largo del volumen, muchos son los momentos en que la metalingüistica, la rotura de la cuarta pared y la lisergia abandonan todo pudor y se entregan desaforados al febril arte del folleteo que Tyler y Marla siguen practicando desenfrenados a la mínima ocasión. El resultado del intercambio de fluidos a tres que propone Palahniuk y que Cameron Stewart ilustra con músculo, talento y superlativo brío —sus páginas y propuestas narrativas no podrían ser más ingeniosas— es un dignísimo hijo bastardo del producto original que, en lo que se atisba y llega a entenderse, hereda de su padre toda la mala hostia que hizo de él hace veinte años un animal al que adorar. En otras palabras, que te dejes llevar por el capitalismo, olvides por un momento las lecciones de Tyler y te compres a la de ya este cómic. ¿Queda claro?

El club de la lucha 2

  • Autores: Chuck Palahniuk & Cameron Stewart
  • Editorial: Random House Mondadori
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 288 páginas
  • Precio: 20,81 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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