‘El cartero de las mujeres’, candor en tiempos de guerra

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Si comentábamos ayer que el mayor descubrimiento del integral de ‘La chica de Paname’ venía de mano de conocer por primera vez a Kas, el artista polaco que se hacía cargo de unas páginas de asombrosa belleza, dicha argumentación sirve de la misma manera para adentrarnos hoy en ‘El cartero de las mujeres’, otro de esos volúmenes auto-contenidos tan bien cuidados en su edición por parte de Ponent Mon y que nos enamora desde la primera a la última página gracias al candor sin par que dimana del arte de Sébastien Morice. Nombre desconocido en el mundo editorial patrio, Morice no que no podría haber exigido una carta de presentación de mayor asombro, hermosura y esplendor que la que podemos encontrar en esta historia de la Primera Guerra Mundial que, lejos de las trincheras, los muertos y la violencia, discurre tranquila y sosegada en una pequeña isla que verá como la momentánea pérdida de los hombres que se marchan a defender el honor de su país es aprovechada por el nuevo cartero para convertirse en el solaz de las solitarias mujeres del lugar.

En lugar de jugar con la clara ironía y comicidad que dicho argumento podría haber generado —cualidades ambas que sí tenía esa breve idea de Billy Wilder para una película de ambientación medieval en la que todos los señores de un feudo se iban a la guerra dejando atrás a sus mujeres con los cinturones de castidad bien cerrados a merced del único varón que se quedaba a su cuidado…el cerrajero— Didier Quella-Guyot prefiere entretejer un drama de claros tintes costumbristas cocinado a fuego lento y que es en su lectura pausada como mejor ha de disfrutarse. Sólo así podrá uno aprehenderse tanto del talante afable con el que el guionista construye las vidas que van girando en torno a Maël, el tullido cartero que se aprovechará de la soledad de las féminas del lugar para ir seduciéndolas una a una, como, sobre todo, de la forma en que se emplea la sutileza de manera que sea la característica más apreciable de esta historia sobre la que tanto mimo parece haberse vertido.

Ese mimo, que se desprende de los diálogos y de los textos de apoyo, encuentra su mejor acomodo, como podréis imaginar por las primeras líneas de la entrada, en un dibujo para que el faltan calificativos. Con herencias que parecen apuntar al mundo de la animación, el precioso estilo de dibujo de Sébastien Morice juega a un nivel que aventaja en varias cabezas a muchos de los innumerables artistas que hoy en día pueblan el abotargado panorama del tebeo francobelga: no sólo es la amabilidad de su trazo o el uso de una paleta de color cálida y agradable lo que hace del trabajo de Morice algo que merece muchísimo la pena ser disfrutado, es que su narrativa, tan pausada como lo exige el guión, deja espacio a recursos y composiciones que, aunque no se den al extremo juego experimental que podemos ver en algunos cómics del otro lado del charco —a fin de cuentas, estamos hablando de tebeo francobelga—, sí que tienen la suficiente personalidad como para distanciarse puntualmente de lo común y poder anidar así en un más que merecido sobresaliente. Si las historias llenas de calor y personajes cercanos como ‘Magasin General’ son las que atrapan tu atención yo ni lo dudaría ante la opción de hacerme o no con ‘El cartero de las mujeres’, un auto-regalo perfecto para las próximas fiestas.

La cartero de las mujeres

  • Autores: Didier Quella-Guyot & Sébastien Morice
  • Editorial: Ponent Mon
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 112 páginas
  • Precio: 24,70 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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