‘El botones de verde caqui’, Spirou antes de Franquin

El botones de verde caqui

Creo que no yerro en exceso al afirmar que la noticia de que Dib-buks se había hecho con los derechos de publicación en España de todo lo concerniente a Spirou, nos dejó a los que seguimos con interés los movimientos de la editorial madrileña con la mandíbula pegada al suelo. A fin de cuentas, el errático devenir editorial en nuestras tierras del personaje que hizo famoso a Franquin nunca había contado hasta ahora con la firme apuesta de un sello por publicar, respetando el formato de las diversas ediciones francófonas, la totalidad del largo recorrido en papel de ese inmortal botones y aventurero que vió la luz allá por 1938 de mano del legendario Rob-Vel, y muchas han sido las casas por las que ha pasado a lo largo de los años, desde Planeta DeAgostini a Ediciones B pasando por su discontinuada presencia en rotativos nacionales como El Mundo o El País.

Y si no podríamos haber deseado mejor refugio que Dib-buks para traernos por fin a los lectores españoles la ingente cantidad de material que se ha publicado al otro lado de los Pirineos sobre Spirou —ojo, que nadie malinterprete esto como una crítica velada hacia las demás espléndidas editoriales patrias, pero hay algo en el hogar de Ricardo Esteban que lo hacía idóneo—, a la luz de lo que arroja la lectura de este ‘El botones de verde caqui’, ningún comienzo habría podido igualar al soberbio y magistral trabajo que recogen las 64 páginas del álbum firmado por Yann y Olivier Schwartz, todo un homenaje con mayúsculas no ya al inmortal personaje, sino al vasto cosmos del tebeo clásico francobelga y, por extensión, a esta particular forma de narrar historias que es el arte secuencial.

El botones de verde caqui-interior

En lo que resulta más visible, ese homenaje que las viñetas de Schwartz rinden al mundo del cómic francobelga comienza en la elección de un trazo que, imbuido en el espíritu de la línea clara de Hergé, nos transporta a décadas atrás a la época en la que Tintín era el rasero por el que se medían los tebeos de aventuras. Esta consciente decisión de no acercarse al estilo de Franquin —aunque mucho hay de cómo los representaba en sus inicios el maestro en la formalización que aquí vemos de Spirou y Fantasio— redunda tanto en aumentar las connotaciones clásicas que poseen a al volumen de principio a fin, como el hecho de que, cuando uno menos se lo espera, hay un resquicio de una viñeta en la que vemos a Milú, a la lata de cangrejos de ‘Los cangrejos de las pinzas de oro’, al propio entrometido periodista o, por ejemplo, y ampliando el campo a otras fundamentales cabeceras del cómic europeo, a Blake y Mortimer.

Pero la grandeza del trabajo de Schwartz no se reduce a su capacidad para incluir estos detalles que tanto agradecemos los que llevamos toda nuestra vida bebiendo del manantial que es el tebeo del viejo mundo. Antes bien, si hay algo que valorar de la labor del dibujante es que la claridad de su línea contagie a la elocuencia de su narrativa y que a ambas se sumen una compulsión casi enfermiza —en el buen sentido de la palabra— por el detalle: es ‘El botones de verde caqui’ uno de esos volúmenes que toda vez se ha devorado, vale la pena volver a repasar con detenimiento haciendo caso omiso a la historia que se nos cuenta para deleitarnos en cada viñeta, en cada edificio, vehículo y localización para, así, poder dar plena cuenta del asombroso proceso de documentación al que el artista tuvo que someterse.

Segunda parte contratante del genio que destila este asombroso álbum —o primera, según se mire— que Yann escoge la vía fácil para ambientar este relato que nos acerca a la Segunda Guerra Mundial es algo evidente si uno atiende al grueso de la producción del guionista y se apercibe de la extrema filia que éste guarda hacia tan apasionante y convulsa época de la historia. Que lo fácil de dicha elección no afecta ni un ápice a la efectividad con la que se mueve toda la acción, al espléndido sentido de la aventura que destilan todas y cada una de las páginas y a la precisión con la que, en todo término que quiera explorarse, se adecua la narración a lo que uno podría esperar de una aventura de Spirou, encontrando Yann la forma perfecta de recuperar la esencia del inquieto botones con unos diálogos que, sí o sí, recuerdan a la agudeza que ostentaban los de Franquin.

Lo decía más arriba: no habríamos podido pedir mejor comienzo para este ¿definitivo? desembarco en nuestras costas de Spirou que este quinto álbum —así viene numerado en su canto, expectantes estamos hacia los cuatro anteriores—. Pero cuidado, no os llevéis a engaño por el inmenso nivel que destilan estas 64 páginas creyendo que lo que queda no va a estar a la altura; estamos hablando de Spirou y de nombres como los de Tome y Janry, Morvan, Munuera, Bravo o los Nic y Cauvin que serán protagonistas de la próxima reseña que le dediquemos al integral que ya tenéis disponible en vuestras tiendas de las aventuras que el magnífico tándem cuajó sobre tan legendario personaje. ¿Qué hacéis que no os lo habéis comprado ya?

El botones de verde caqui

  • Autores: Yann y Olivier Schwartz
  • Editorial: Dib-buks
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 64 páginas
  • Precio: 15,20 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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