‘Dibujos secuenciales’, nunca un alambre fue tan elocuente

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Lo afirmé con contundencia hace cosa de casi un año cuando, en el resumen anual que ofrecemos cuando los doce meses están a punto de expirar, apunté a ‘Aquí’ tanto en términos de OBRA MAESTRA del medio narrativo secuencial como en que, de tener que recomendar una única lectura proveniente del otro lado del charco, la apasionante mirada a un mismo espacio físico durante millones de años sería la elegida. Obvio es pues que el anuncio de Salamandra Graphic de una edición de las ilustraciones de Richard McGuire para el The New Yorker —ese semanario que tan íntima relación guarda para con el sesgo más culto del noveno arte estadounidense—, fue recibido con gran algarabía por este redactor y la anticipación era considerable por poder asomarme a este pequeño ENORME volumen de casi seiscientas páginas que cabe en la palma de la mano.

En pocas palabras: toda anticipación se quedó corta.

Comencemos aclarando que lo que podemos encontrar en este volumen de minimalista diseño no puede ser clasificado como cómic en el sentido más común del término; esto es, que no vamos a encontrar en las páginas de ‘Dibujos secuenciales’ ni viñetas ni composiciones que jueguen con las mismas, ni diálogos, ni una historia de principio a fin. No. Como bien indica su nombre, lo que Richard McGuire lleva realizando para The New Yorker desde 2005 son secuencias narrativas, imágenes que van apareciendo en la página de la revista semanal y que, unidas, pueden o no configurar un amago de historia siempre sencilla que, no obstante, atesora en su seno una intencionalidad que remite de forma permanente a las reflexiones sobre la realidad que nos rodea que uno podía extraer de ‘Aquí’.

Así, cuando vemos a una farola, un cubo de la basura y un parquímetro sufrir los envites del día a día; cuando observamos un pasillo cualquiera de un edificio cualquiera a lo largo de instantes puntuales; cuando McGuire nos propone naturalezas muertas de una mesa de comedor cualquiera o cuando, con los cubiertos como protagonistas, nos narra un triángulo amoroso; cuando su mirada se aproxima a una realidad enmarcada o nos acerca a los avatares de la existencia de una paloma o a lo fatigoso del transitar de las fundas de instrumentos musicales de una orquesta…todo ello viene a hablarnos, de una manera u otra, de la transitoriedad de nuestras propias vidas bajo una óptica que hace de la simplicidad gráfica su argumento de mayor contundencia.

Sin recurrir aquí a lo fastuoso de la concreción visual de la que echaba mano en ‘Aquí’, es la página en blanco y un elemento central en negro, que en un noventa y cinco por ciento de las ocasiones se limita a unas pocas líneas, la que vertebra una lectura fugaz y efímera en el tiempo —sus casi seiscientas páginas se consumen en poco más de cinco minutos—, pero tan persistente en la memoria como la más compleja de las novelas gráficas. Dicho logro, el que muchos días después de habernos acercado a ella sigamos teniendo impresas en nuestro recuerdo las imágenes con las que juega McGuire, afirma con contundencia del genio que aquí se pone en juego y deja claro que, haga lo que haga en el futuro, el estadounidense es ya un nombre a seguir.

Dibujos secuenciales

  • Autores: Richard McGuire
  • Editorial: Salamandra Graphic
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 584 páginas
  • Precio: 19 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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