‘Daredevil. La muerte de Daredevil’, al borde del abismo

Matt Murdock es un tipo con suerte. Con mucha suerte. Tanta, que resulta inaudito que, desde hace dos décadas, todavía no haya contado con un equipo creativo que haya fallado en renovarlo, en insuflarle vida que se separe de todo lo que vino antes y en hacer de él, en consecuencia, uno de los pocos personajes que han sabido ignorar, con bastante contundencia, los dimes, diretes y bajadas de calidad que otros rincones de Marvel han acusado de forma muy ostensible. Porque, veamos, desde que Kevin Smith y Joe Quesada lo cogieran para inaugurar la línea Marvel Knights allá por noviembre de 1998, los nombres que han ido hollando en la biografía del abogado ciego y su letal alter ego han sido para caerse de espaldas: Brian Michael Bendis y Alex Maalev; Ed Brubaker y Michael Lark; Andy Diggle; la maravilla que llevaron a cabo Mark Waid, Paolo Rivera y Chris Samnee y, finalmente, la etapa de Charles Soule, Ron Garney y otros artistas que tan de cerca hemos seguido desde que arrancara y que, en las páginas que hoy nos ocupan, toca a su fin.

Y, como siempre cuando hay una despedida, hay que recapitular acerca de las bondades y defectos, las virtudes y deméritos y ponderar, en última instancia, si el tiempo invertido en la lectura ha valido la pena y si la aportación del autor de turno a la colección de turno será de esas que se recuerden o si, por el contrario, no habrá quien hable de ella en los años por venir. Pero antes de proceder a dar respuesta puntual a todas esas cuestiones, intentemos ofrecer una sucinta valoración de lo que ‘La muerte de Daredevil’ ofrece por sí sola, sin vernos en la necesidad de recurrir a los varios años de Soule al frente de la colección para evaluar un último volumen que si algo no parece, es un último volumen.

Tan ambigua afirmación deja la puerta claramente abierta a un doble diagnóstico: está bien que así sea por cuanto Marvel no tiene planes de cerrar la cabecera y hay que dar continuidad a quien venga después pero, por otra parte, no está tan bien que así sea puesto que elimina, si bien no de forma radical, la percepción del trabajo de Soule como uno cohesivo con un principio, un desarrollo y una conclusión como los que sí podemos encontrar en cualquiera de las estancias de los equipos que le precedieron en la ficticia vida del diablo de Hell’s Kitchen. Pero si ignoramos este detalle, lo cierto es que este arco de tan ominoso nombre funciona como un reloj suizo, y, en lo que a apuntes sobre Daredevil que no se hayan hecho nunca, ofrece un par de esos que uno no entiende como no se le habían ocurrido antes a nadie. Phil Noto cumple, no con brillantez —su estilo narrativo es demasiado estático—, pero cumple, y la serie queda en el punto perfecto para dar paso a lo que Chip Zdarsky y Marco Checcheto ofrecerán cuando tomen las riendas del personaje.

Volviendo al segundo párrafo pues, y a las preguntas a las que hay que contestar, hagámoslo sin dilación y de la forma más directa y eficiente posible. Virtudes: han sido tres años que se han sentido como mucho menos; lo que Soule ha ido construyendo ha estado plagado de sorpresas y giros; hemos visto a Ron Garney reinventarse en unas formas asombrosas y hemos podido disfrutar de Mike Henderson tras su paso por ‘Nailbiter’. Defectos: así, a bote pronto, no me sale ninguno. Conclusión I: Sí, vale la pena —y mucho, qué demonios— el tiempo invertido en la lectura. Conclusión II: quizás el tiempo no la sitúe a la altura de las etapas de Miller o Bendis, que siguen siendo los dos referentes inequívocos del personaje, pero creo que lo que Soule ha conseguido está a la misma altura que lo que Brubaker o Waid plantearon y a bastante distancia de lo discreto que Diggle legó al héroe. ¿Os vale para despejar dudas? ‘Nuff said!!!

Daredevil. La muerte de Daredevil

  • Autores: Charles Soule y Phil Noto
  • Editorial: Panini
  • Encuadernación: Rústica con solapas
  • Páginas: 174 páginas
  • Precio: 16,15 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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