‘Cuarentón’, miserias y grandezas cotidianas

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Los historietistas canadienses sienten una notable predilección por el cómic autobiográfico, y en general no tienen reparo en ofrecer al lector un retrato de sus propias vidas sin ninguna clase de tapujo ni cortapisa. Ahí tenemos a Chester Brown y sus diatribas sobre la sexualidad o la prostitución, a Seth y el halo melancólico que envuelve a sus obras, a Julie Doucet y su expresionismo underground, y si abrimos un pelín más el abanico, nos encontramos con las peripecias viajeras de Guy Delisle (al que consideramos muy de nuestro lado del charco, pero nació y se crio en Canadá) o las pajas mentales (y no tan mentales) de Joe Matt, que pese a haber nacido en Pennsylvania, residió durante varios años en Canadá y fue allí donde estableció lazos con Seth y Brown, ya citados anteriormente.

En esta lista de canadienses dispuestos a plasmar en viñetas su día a día no podemos dejar de incluir a Joe Ollmann, creador de ‘Cuarentón’, la estupenda novela gráfica que hoy nos ocupa, un cómic ácido y lúcido a partes iguales. Ollmann combina elementos de su propia vida con otros surgidos de su imaginación para crear al personaje protagonista, John, uno de esos hombres que al alcanzar (la que previsiblemente es) la mitad de su vida, comienza a cuestionarse todo lo que hace y cuanto ha hecho en el pasado, duda de las decisiones vitales que ha tomado, se plantea si esta es la vida que quería tener o, cuanto menos, la que merecería… y lo más destacable de todo: se pasa el día entero de un humor de perros. Y, en cierto modo, razones no le faltan para estarlo, ya que John fue padre a la temprana edad de 17 años —lo que le supuso pasarse la adolescencia currando y cambiando pañales, en vez de ligando, experimentando y disfrutando de su libertad—, se divorció de su mujer tras 18 años de matrimonio, y ahora, a sus cuarenta tacos, acaba de ser padre otra vez, con su nueva pareja, que es unos cuantos años más joven.

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Sumido en la rutina y la frustración, John encontrará una vía de escape en el lugar más insospechado: los DVD’s de canciones infantiles que le pone a su hijo Sam, en el que aparece una joven llamada Sherri, que a la postre se convierte en la coprotagonista de esta historia. Sherri ama la música y años atrás grabó un disco para adultos del que ya no se acuerda ni su padre. Ahora gana bastante dinero componiendo e interpretando canciones para niños, pero lo que para ella empezó siendo un simple paréntesis en su carrera, amenaza con convertirse en el único trabajo para el que está cualificada. Sus deprimentes perspectivas de futuro, y las continuas broncas con el borrachuzo de su novio y compañero de banda, sientan las bases de la historia de este personaje, cuyos pasos acabarán por cruzarse con los de John.

Tras un arranque un tanto escatológico (con frases de la talla de: “La gente se maravilla al ver un cirujano con un corazón humano vivo en sus manos. A mí me asombra la naturalidad con la que los padres se acostumbran a manipular caca de bebé.”), tenemos por delante ciento ochenta y pico páginas cargadas de humor, cinismo, mala leche, ternura y reflexiones vitales, que se leen del tirón y con absoluto deleite. El autor huye de la autocompasión barata y permite que los personajes cobren vida y compartan con nosotros sus comeduras de tarro y sus puntuales momentos de lucidez, con reflexiones como esta: “Mi padre me dijo una vez que hacerse adulto consiste básicamente en adquirir el sentido común para asustarse de las cosas. Supongo que ahora soy un adulto, porque estoy asustado todo el tiempo y por casi todo.” Y a pesar de que los bajones emocionales abunden en estas páginas, el conjunto deja hueco para la esperanza y nos recuerda que, a pesar de que las cosas se nos pongan a veces cuesta arriba, en el fondo no está tan mal esto de ser humanos. La cotidianidad también tiene sus pequeñas grandezas.

Cuarentón

  • Autor: Joe Ollmann
  • Editorial: La Cúpula
  • Encuadernación: Rústica con solapas
  • Páginas: 196
  • Precio: 17,50 euros

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Jaime Valero @jvalerolife

Nací en el año de las inquietantes profecías literarias de Orwell. No traje ningún tebeo bajo el brazo pero en cuanto alcancé el uso de la razón el cómic se convirtió en una de mis máximas prioridades. Combino las viñetas y bocadillos con otras muchas pasiones delirantes e intento que todas ellas convivan en mi carrera como periodista y traductor. Mi cuartel general se encuentra radicado en Madrid.

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