‘Batgirl. Año uno’, a la par con el chico maravilla

Personaje trágico donde los haya dentro de la mitología del hombre murciélago, creo que nunca se me podrá olvidar la brutal sensación que me sacudió cuando, allá por 1989, leí por primera vez ‘La broma asesina’ en la edición que, tan sólo un año antes, había publicado la mítica ediciones Zinco. El shock, huelga decirlo, vino tanto por la abrumadora calidad de un cómic que revisioné incontables veces en los meses posteriores a ese primer acercamiento como, sobre todo, por la que a día de hoy creo que sigue siendo la mejor de cuántas “secuencias” lo componen: aquella en la que el Joker dispara a bocajarro contra la hija del comisario de Gotham y todo lo que sigue después en el apartamento de los Gordon. Salvaje, visceral, cruenta y narrada con maestría por un Brian Bolland que tocaba techo en aquellas páginas, lo más impresionante del logro del artista y de Alan Moore es haber hecho que aquel chaval de quince años temblara sin ni siquiera saber quién era Barbara Gordon más allá de la hija de Jim.

Como digo, dicho desconocimiento —derivado del hecho de que por aquel entonces era cuando este redactor comenzaba a tirarle los tejos a los tebeos de forma algo más consciente— no fue impedimento para imprimir a fuego en mi memoria las viñetas que conforman aquellas dos simples páginas y, entre otras cosas, incitó a que quisiera saber más del personaje, de lo que había sido antes de aquél infortunado instante y, por supuesto, de aquello en lo que llegaría a convertirse ya entrados los noventa. Desde entonces, el acercamiento a Batgirl/Oráculo ha sido intermitente, no por falta de interés, sino porque el personaje casi nunca ha estado en las manos que se merecía, y de todo su recorrido creo que sólo rescataría aquél especial guionizado por Chuck Dixon —que también firma el tomo que hoy nos ocupa— que daba pistoletazo de salida a la serie ‘Birds of Prey’, el tramo de colección de las Nuevas 52 del que se hicieron cargo Cameron Stewart, Brenden Fletcher y Babs Tarr y, qué duda cabe, los nueve números que conforman este ‘Batgirl. Año uno’.

Quizás el trabajo de Dixon y Scott Beatty en estas páginas no sea tan sólido como el que ya habían desarrollado para Robin en el relato de su primer año —un volumen del que ya hablamos aquí— y en no pocos instantes de la lectura da la sensación de que el tapiz de fondo sobre el que se van cosiendo los acontecimientos no se ha trabajado de forma tan concienzuda como sí se hizo con el chico maravilla. Ahora bien, eso no quita para que ‘Batgirl. Año uno’ sea un título endiabladamente entretenido que encuentra sus mejores momentos en aquellos centrados, no en las correrías nocturnas de Barbara, sino en la relación de ésta con su padre y en las conexiones que se van generando aquí y allá con el resto del tejido del universo DC y, cómo no, en aquello que concierne al soterrado protagonismo de Batman en los torpes pasos iniciales de la heroína.

Dejando el guión de lado, donde ‘Batgirl. Año uno’ da el do de pecho es en el asombroso trabajo de Marcos Martín. Nuestro compatriota, que ya había participado junto a Javier Pulido en ‘Robin. Año uno’, cuaja aquí unas planchas soberbias que, ya estemos hablando de sentido del “espectáculo”, ya tengamos que hacerlo de la vertiente menos adrenalínica del relato, se alzan indiscutibles como lo mejor que le hemos podido ver hasta la fecha al barcelonés con permiso de la insuperable ‘The Private Eye’: las viñetas y composiciones del dibujante catalán funden clasicismo y modernidad en un crisol en el que se adivinan influencias como las de Alex Toth o Steve Rude, y la sencillez de su trazo unida a la elegancia del entintado de Álvaro López hace de este volumen una auténtica delicia a nivel visual y una adquisición obligada para los amantes del microcosmos del detective de Gotham.

Batgirl. Año uno

  • Autores: Chuck Dixon, Scott Beatty y Marcos Martín
  • Editorial: ECC
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 232 páginas
  • Precio: 21,85 euros en Amazon

Etiquetas

Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

Compartir este Artículo en

Deja un Comentario