‘Aquel verano’, descubriendo el mundo de los adultos

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¿Quién no añora de cuando en cuando los larguísimos veranos de la infancia y la primera juventud? Esa temporada de tardes perezosas y noches serenas donde el tiempo parece detenerse, donde solo importa el aquí y el ahora, donde los niños se montan su propia realidad paralela aprovechando el cambio de aires que ofrecen las vacaciones. Uno de estos periodos estivales sirve de punto de partida para que las hermanas Jillian y Mariko Tamaki nos cuenten una historia en apariencia sencilla, pero con una fuerte carga emocional, que da forma a su segunda novela gráfica: Aquel verano. Al zambullirnos de cabeza entre sus páginas conocemos a Rose, una muchacha de quince años que va con sus padres a veranear a Awago Beach, al mismo campamento al que acude desde que era pequeña. Allí comparte sus juegos y vivencias con su amiga Windy, a la que solo ve de año en año, pero con la que forja ese peculiar vínculo que son los amigos de la temporada de verano: aunque pases la mayor parte del año sin verte, cuando te reencuentras es como si nunca te hubieras separado de su lado.

Aquel verano es un slice of life de libro, donde la trama avanza despacio y sin sobresaltos, retratando con mimo la vida cotidiana sin que parezca que vaya a ocurrir nada relevante. Pero a medida que avanzamos en la lectura descubrimos que hay algo más, que este verano que narran las hermanas Tamaki no va a ser como los anteriores. Esta vez, Windy y Rose, que se encuentran en esa edad complicada que marca el paso de la infancia a los inicios de la madurez, empezarán a ser conscientes del mundo, tan complicado a veces, en el que habitan los adultos. Es una época de dudas, cuando los juegos infantiles empiezan a parecer cosa del pasado, y cuando los problemas de los mayores empiezan a afectarnos, aunque nos siga costando comprenderlos del todo. Así, el lector tiene ocasión de observar desde los ojos de estas dos muchachas la depresión de la madre de Rose o el aprieto en el que se encuentra el joven dependiente de la única tienda de Awago Beach, al que Windy y Rose apodan el Don Nadie. Dos hilos argumentales que se van desarrollando poco a poco, dejándonos pistas que acaban cobrando sentido cuando descubrimos la historia en su totalidad, desembocando en un par de escenas de gran intensidad emocional que marcan el punto de inflexión no solo del cómic, sino también de la vida de las protagonistas, que a partir de estas vacaciones estarán listas para dar el salto a la madurez.

Mención especial merece el fabuloso dibujo de Jillian Tamaki, que plasma con un altísimo nivel de detalle toda clase de situaciones de la vida cotidiana. Sus personajes cobran vida propia en cada página, con una expresividad tal que muchas veces no hace falta recurrir siquiera a los diálogos para saber qué están sintiendo por dentro. El dominio narrativo de ambas autoras se extiende también a la composición de página, que sin necesidad de estridencias ni exhibiciones de estilo ayuda a que la historia avance con fluidez, y que aporta la variedad estética suficiente como para que la lectura no resulte aburrida en ningún momento. Pese a su grosor, Aquel verano se lee perfectamente de una tacada y consigue sortear uno de los peligros de esta clase de historias, que es el de caer en lo cursi o lo lacrimógeno, algo que a veces le ocurría a Craig Thompson, que pese a ello sigue siendo un referente indudable cuando hablamos del slice of life de corte intimista. Si nos paramos a pensar, es muy probable que todos tengamos en nuestro pasado ese verano que marcó la diferencia, en el que dejamos de ser niños para emprender el camino de los adultos que somos hoy en día. Leyendo este cómic de las hermanas Tamaki, es probable que su recuerdo regrese con fuerza a nuestra mente y nos permita reconocernos en la ternura e inocencia de sus dos protagonistas.

Aquel verano

  • Autoras: Jillian y Mariko Tamaki
  • Editorial: La Cúpula
  • Encuadernación: Rústica
  • Páginas: 324
  • Precio: 24,90 euros

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Jaime Valero @jvalerolife

Nací en el año de las inquietantes profecías literarias de Orwell. No traje ningún tebeo bajo el brazo pero en cuanto alcancé el uso de la razón el cómic se convirtió en una de mis máximas prioridades. Combino las viñetas y bocadillos con otras muchas pasiones delirantes e intento que todas ellas convivan en mi carrera como periodista y traductor. Mi cuartel general se encuentra radicado en Madrid.

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