‘Valerian y la ciudad de los mil planetas’, previsible entretenimiento

Debo comenzar esta entrada dedicada a ‘Valerian y la ciudad de los mil planetas’ (‘Valerian and the City of a Thousand Planets’, Luc Besson, 2017) haciendo una confesión que quizás resulte chocante dada mi doble —y extrema— filia hacia la ciencia-ficción y el tebeo europeo: NO HE LEÍDO NUNCA NADA de ‘Valerian’. Cómo estáis viendo. Las causas para tamaña afrenta al seminal título de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières —un tebeo que, como bien se sabe, tuvo una determinante influencia en el origen de cierta saga galáctica cinematográfica— son de índole diversa, atienden a cuestiones como lo arduo de acercarse a los 21 álbumes que la conforman o el hecho más personal de que el dibujo de Mézières nunca me haya dicho mucho, pero al final son excusas que se alzan incapaces de justificar de forma plena tan amplio agujero en mi bagaje tebeístico.

Un agujero que, siguiendo con la honestidad, no tengo intención de tapar, al menos no en un futuro reciente, pero que no me impedía acercarme el pasado viernes al cine con enorme curiosidad para averiguar si los palos críticos y el zurriagazo que se ha metido Luc Besson en la taquilla —de los cerca de 200 millones que el francés se ha gastado en el filme todavía no se han recaudado más de 115 a nivel mundial— eran merecidos o si, como ya ha pasado este verano con ‘Rey Arturo: La leyenda de Excalibur’ (‘King Arthur: Legend of the Sword’, Guy Ritchie, 2017), no había tanta verdad en las voces que se han dedicado a arremeter de forma inmisericorde contra ella y el público se ha dejado llevar, una vez más, por actitudes ajenas.

A caballo entre el maltrato injustificado y el acierto en denostar la propuesta del responsable de ‘El quinto elemento’ (‘The Fifth Element’, 1997) es dónde, a juicio de este redactor, se sitúa una cinta que para prolongarse durante dos horas y media nunca resulta aburrida pero que, lamentablemente, no detenta un guión lo suficientemente bien cosido como para evitar que uno pueda leer en él a distancia, ahuyente el saber en qué modos va a discurrir todo de antemano, o consiga que nos quitemos de encima la molesta sensación de que la proyección no es más que una sucesión interminable de sketches más o menos afortunados/desafortunados.

Nada hay de esa molesta percepción en los dos segmentos con los que arranca la acción, un doble prólogo casi sin diálogos que nos deja fascinados, ya por la utilización del ‘Space Oddity’ de David Bowie mientras se nos narra el nacimiento de esa ciudad de los mil planetas que da título a la cinta —una estación espacial terrestre que fue creciendo con el paso de las décadas como si de un Arca de Noé interplanetaria se tratara—, ya por la asombrosa belleza visual que encierra la descripción del planeta Mül, eje silente sobre el que se apoya todo el entramado de fondo de la cinta y que guarda no pocas reminiscencias al Pandora de James Cameron.

Trascendidos esos minutos iniciales que tanto nos hipnotizan, pareciera que el influjo de la cinta sigue haciendo efecto en el espectador cuando se nos presenta a la carismática pareja de héroes —me desdigo aquí de cualquier crítica previa hacia una Cara Delevigne que, enigmática ella, está más que correcta— y el discurrir del filme transita desde la originalidad al mecanizado rutinario de piezas que parecen querer articularse en las mismas maneras que ya lo hiciera ‘El quinto elemento’, pero no llegan a conjugarse en similares formas que aquella hilarante propuesta con la que Besson nos conquistó a los amantes del sci-fi a finales de los noventa.

Oscilando pues entre uno y otro extremo del espectro, hay instantes que lucen con energía y que nos transportan a lo que mejor supo hacer la producción protagonizada por Bruce Willis —el baile de Rihanna, un par de modélicas set-pieces— y otros que lastran sobremanera lo que podía haber sido una cinta mucho más convincente, y aquí es inevitable citar a esos tres pajarracos que no consiguen hacer las veces de alivios cómicos o lo hierático y estereotipado del villano encarnado por Clive Owen, que hace que echemos en falta, y de qué manera, a los histrionismos de Gary Oldman en la piel de Jean-Baptiste (pausa) Emmanuel (pausa) Zorg. Sí, la dirección de Besson es por momentos fantástica como asombroso es el diseño de producción o el nivel de efectos visuales en general —hay instantes puntuales que dan la cara en exceso—, pero también se echa en falta un hálito de empaque en la anodina partitura de Alexandre Desplat o en esa ausencia de conexión real entre las diferentes partes. En resumen, y como decía antes, a medio camino entre el “meh” y el “¡bravo!”.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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