Ultimatum a la Tierra, el corazón sin pulso de los remakes

Ultimatum a la tierra

Ya sabemos qué quería decir “Klaatu barada nikto!”. Al menos, en la nueva versión cinematográfica de Ultimatum a la Tierra debe de ser algo como “ni se te ocurra venir a verla, terrícola, porque es un pestiño de dimensiones monumentales”. Resulta complicado saber por qué se decidió hacer un remake, más allá del obvio sentido económico de la cosa: ¿alguien de los que inició la producción del film entendió la original? Y no hablo del mensaje, que se ha visto replicado en numerosas películas modernas, sino de su sentido del ritmo y del suspense y de su capacidad para crear una amenaza consistente.

La nueva Ultimátum a la Tierra trata de adelantar a la original por el único espacio que cree posible: el de los efectos especiales. Ésta es la mayor trampa del cine actual; el de todos los géneros, desde luego, pero especialmente el de ciencia ficción: se cree superior al de los 50 porque tiene mejores medios técnicos para presentarse creíble ante el espectador. Pero debería existir algo más, porque dentro de 50 años los FX de hoy en día también serán antiguos.

Claro que la original Ultimátum a la Tierra ha envejecido. Para un espectador poco acostumbrado al cine de esa época, puede resultar hasta risible. Si se ríen, que rían, pero resulta un poco triste ver cómo se aplaude con las orejas cualquier chorrada sin corazón ni alma, mientras se obvia que, más allá de lo rudimentario de su técnica de efectos especiales, los clásicos siguen vigentes por su manera de entender el cine, de darle vida.

Hoy en día, en películas como la nueva Ultimátum a la tierra, el cine no está vivo. Más bien se desplaza como la lagartija descabezada, a base de coletazos sin sentido. En el caso de la película dirigida por Scott Derrickson, las escenas pasan sin que uno tenga muy claro hacia dónde dirigen. En vez de mostrar la autoridad de la película original como padre y madre de gran parte del cine de sci-fi desde los 50 hasta ahora, se conforma con acumular tópicos desmadejados, puestos sin orden ni concierto a lo largo de casi dos horas de vacío absoluto.

Hagamos una prueba: saquemos a todos los personajes que aparecen en la película, pero mantengamos las escenas. Adiós a Keanu Reeves y a Jennifer Connelly. Adiós a John Cleese también. ¿Se resentiría la película? ¿Sería aún peor? ¿Se notaría su ausencia o Ultimatum a la Tierra seguiría siendo la misma película, 103 minutos que no avanzan ni retroceden, que no son capaces de decir nada al espectador, de crear relaciones, de transmitir miedo?

Todo está rodado con la eficacia de las máquinas: las escenas de la gente huyendo, las de la descomposición terrestre o las de los ataques militares. ¿Y? ¿Funcionan? No: como el robot que acompaña a Klaatu, el trabajo se hace de forma inmisericorde, si plantearse si está bien o mal, si hay algo por detrás.

Ultimatum a la tierra“Klaatu barada nikto!”. Debe de ser el grito lastimero de los propios extraterrestres: humanos, lo habéis vuelto a hacer, otro clásico que os cepilláis por dinero.

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Roberto Jimenez @fancueva

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