‘Toy Story 4’, once more with feeling

Cuando, hace nueve años y entre lágrimas, despedí a Woody, Buzz, Jess, Slinky, y a toda la cohorte de personajes que llevaba tres lustros encandilándome, jamás se me ocurrió pensar, por el perfecto, emotivo y magnífico cierre que Pixar había dado a la trilogía de ‘Toy Story’ (id, John Lassetter, 1996), que Disney pudiera llegar a tener los reaños, casi una década más tarde, de, no sólo filmar una cuarta entrega, sino de abrir la misma de tal manera que, en lugar de servir como mera continuación que intentara exprimir un poco más la cinta que había cimentado a la productora —aunque resulte indudable que algo de eso haya—, se utilizara como vehículo para dar alas a potenciales futuras entregas en la que los juguetes más famosos de la historia del cine pudieran seguir haciendo las delicias de todo espectador que se acerque a ellas.

Porque, si algo sabían hacer sus predecesoras, y ‘Toy Story 4’ (id, Josh Cooley, 2019) respeta con sumo mimo, es aludir a un rango brutal de edades. Vamos, para que sirva como ejemplo, el rango que, el pasado viernes, nos llevaba al cine a tres niños de edades desde 5 a 8 y a dos adultos ya entrados en sus cuarenta que, sinceramente, creo que terminaban disfrutando más que los enanos de lo que la producción animada les ofrecía durante 100 minutos acerca de los cuales lo peor que se puede decir es que son «puro ‘Toy Story'».

Seamos claros. salvo por un final que sí se tira de cabeza a la piscina para tomar una decisión algo descabellada —fundamentada, eso sí, de manera sólida y firme por el discurso de todo lo que ha venido antes— ‘Toy Story 4’ no corre muchos riesgos, y no es algo que nos sorprenda, que estamos hablando de Disney, la productora que, cuando encuentra una fórmula que funciona, la utiliza una y otra vez con ligeras variaciones para seguir contentando al vasto sesgo de su público potencial que no le pide otra cosa que entretenimiento a manos llenas. Y de eso hay paletadas en ‘Toy Story 4’. Paletadas como camiones.

Más, como decía, que sea entretenida a rabiar, que no pare, que siempre tenga alguna ocurrencia que añadir al sustrato base, y que sus nuevos personajes entren de lleno en la categoría de inolvidables —lo del motorista al que dobla Keanu Reeves en la versión original no tiene nombre, como tampoco lo que concierne a Forky, todo un hallazgo— no implica que sea innovadora. Pero, al mismo tiempo, el no serlo, el no tratar de reinventar la rueda, no se alza, en ningún momento como la barrera infranqueable, el muro desde el que poder lapidar de forma inclemente lo que Andrew Stanton y Stephany Folsom cuajan en el guión. Sencillamente, Pixar sabe lo que uno busca cuando entra en el cine para ver ‘Toy Story’ y es lo que nos da. Una regla del juego muy simple que, de aceptarse, garantiza una percepción de la producción que pasa por los epítetos «fantástica» o «maravillosa».

Dichos adjetivos, aplicables de cabo a rabo a un relato que, por supuesto, llegado el momento, recala en lo emocional —si bien no de manera tan ostensible a como lo hacía su directa antecesora—, se ajustan como un guante a una animación que tiempo ha dejó de poder llamarse así dependiendo de según qué aspectos de la misma estemos hablando: con unas texturas que hacen del hiperrealismo un chiste, todo lo que concierne a escenarios o efectos atmosféricos —la tormenta bajo la que se abre la proyección es simplemente REAL— raya a unos niveles que se ríen en la cara de muchas de las cintas de «dibujos animados» que nos llegan al cabo del año bajo cualquiera de las productoras que intentan, a duras penas, hacerse un sitio en el competitivo mercado que baila al son de Disney/Pixar y, en menor medida, de Dreamworks.

Con dichos polos marcando lo mejor que es capaz de dar el mundillo del cine de animación hoy por hoy, no creo que sorprenda a nadie si afirmo que, en esa pugna por la hegemonía, la compañía del flexo sigue llevando cierta delantera a lo que queda del imperio que Spielberg, Geffen y Katzenberg levantaron allá por mediados de los noventa; y títulos como ‘Toy Story 4’—y la superlativa calidad que detenta— no hacen más que refrendar que, salvo deslices puntuales, Pixar continuará durante mucho tiempo moviendo la batuta de qué hacer y cómo hacerlo en una forma de contar historias que, bajo la luz de su inquieta y juguetona bombilla, ha llegado a cotas impensables.

Etiquetas

Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

Compartir este Artículo en

Deja un Comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.