‘The Titan’, insustancial nadería

A corto plazo, no parece que el modelo de negocio de Netflix esté funcionando. Con rumores más que fehacientes sobre pérdidas de muchos millones de dólares —no se sabe a ciencia cierta por el oscurantismo en cuanto a información económica de la plataforma de VOD, pero podríamos estar hablando de un endeudamiento de muchos cientos de millones— y esa reinversión completa de todo beneficio generado en seguir creciendo a toda costa que, más que modelo de negocio funcional —como sí parece que es el de Amazon—, parece una “huida hacia adelante” con la que la compañía pretende establecerse como dominante de un mercado que no para de añadir ofertas de nuevas competencias; noticias como que el titán internacional haya congelado durante este 2018 la adquisición de compras de productos a terceros para sus “originales” parecen venir a reforzar la impresión de que todo es un gargantuesco castillo de naipes que podría venirse abajo en cualquier momento.

Eso en lo financiero. Porque si de lo artístico tenemos que hablar, Netflix está muy lejos de ser modélica. De acuerdo, tiene alguna que otra serie de producción propia de esas que podríamos calificar como imprescindibles inmersas en un mar de otras muchas que no funcionan ni a la de tres. Pero si a sus producciones cinematográficas hemos de referirnos, el término irregularidad es el que mejor se acopla a una oferta de la que cabría salvar muy poco; tanto, que ahora mismo no sabría apuntar más que a ‘Bright’ (id, David Ayer, 2017), mucho mejor película que lo que abundantes críticas afirmaron por la red y, como dije hace algunas semanas, a lo fascinante pero previsible de ‘Aniquilación’ (‘Annihilation’, Alex Garland, 2018). Escueto muestrario del dineral que la plataforma se ha gastado hasta el momento y al que no podemos añadir la insulsa y aburrida producción que es ‘The Titan’ (id, Lennart Ruff, 2018).

Thriller con tintes pseudo-metafísicos, pátina de especulación pseudo-científica e ínfulas de ciencia-ficción, a la cinta rodada de manera íntegra en Gran Canaria —por ahí aparecen Nathalie Poza o Francesc Garrido— no hay por donde cogerla. Como he leído por ahí, hay quien afirma que cuando sea anciano y mire hacia atrás se arrepentirá de haber gastado una hora y treinta y siete minutos en esta basura. Puede parecer una exageración, pero ya os digo que tan hilarante reflexión —muy en la línea de lo que afirmaba la falsa Mónica sobre ‘El club de los poetas muertos’ (‘Dead Poets Society’, Peter Weir, 1989)— esconde una verdad incuestionable: que estamos ante un tostonazo de aúpa.

La trama del filme nos lleva al año 2038, momento en que la humanidad ha alcanzado un punto de no retorno en cuanto a la habitabilidad del planeta. Bajo la presión de encontrar otro lugar que expoliar, un grupo de científicos ha encontrado en Titán, la luna de Saturno, el único sitio viable para mudar a la raza humana pero, para ello, hay que adaptar al hombre a las condiciones atmosféricas del satélite. Y ahí es donde entran en juego un grupo de militares de la OTAN que se someten de manera voluntaria a unos experimentos genéticos que, con la aparente intención de alterar sus cualidades físicas, buscan algo más: dar con una nueva especie…el Homo Titanis (sic).

No os dejéis engañar por el aparente atractivo de la sinopsis anterior —si es que alguno tiene—: extendido sobre el guión, dicho argumento da como resultado una película anodina, carente de armas para mantener la atención de un espectador que se dispersa de manera constante a lo largo de un metraje previsible hasta decir basta que nada tiene que ofrecer. No lo tiene la impersonal dirección de Lennart Ruff que, sin argumentos de peso, incurre incluso en repetir planos para reforzar quién diantres sabe qué. No lo tiene la música, ajena por completo a lo que va discurriendo en la historia. No lo tiene en un plantel de actores que se plantan delante de la cámara sin convencimiento alguno —si lo de Sam Worthington es de risa y nos recuerda a sus peores momentos de ‘Avatar’ (id, James Cameron 2009), la poca convicción que aporta Tom Wilkinson al científico jefe es una herida mortal para el filme— y que provocan la imposibilidad de empatizar con sus personajes. Pero, sobre todo, no lo tiene por unos diálogos de chiste.

Abundantes a más no poder en afirmaciones lapidarias, en conversaciones que no llevan a nada y en implausibles sentencias puestas en boca del personaje inadecuado —los conocimientos que la mujer del protagonista, una pediatra, tiene de biología avanzada resultan cuanto menos risibles— los diálogos de ‘The Titan’ hacen que, llegado el momento, se desconecte por completo del filme y dejemos a su suerte lo que queda de un metraje que va de mal a mucho peor y que, si bien cierra de manera consecuente con su desarrollo, lo hace atado por completo al absurdo e inservible que rodea a todo el conjunto.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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