‘Rogue One: Una historia de Star Wars’, cohesión

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Una de las primeras declaraciones que Gareth Edwards, el responsable de la interesante ‘Monsters’ (id, 2010) y de la muy olvidable nueva versión de ‘Godzilla’ (id, 2014), hizo cuando se supo a bordo de ‘Rogue One: Una historia de Star Wars’ (‘Rogue One: A Star Wars Story’, 2016) fue que su intención para con la precuela llamada a cubrir el tramo final de los dieciocho años que separan al final de ‘Star Wars: La venganza de los Sith’ (‘Star Wars: Revenge of the Sith’, George Lucas, 2005) del comienzo de ‘La guerra de las galaxias’ (‘Star Wars’, George Lucas, 1977), era que se apartara de la personalidad de la saga original e incluso de las precuelas, y fuera algo así como el equivalente en la galaxia lejana, muy lejana, de ‘Salvar al soldado Ryan’ (‘Saving Private Ryan’, Steven Spielberg, 1997).

Tales afirmaciones no hacían sino aumentar el fuego de las expectativas hacia el primer filme de la saga galáctica que, bajo el control de Disney, no forma parte de la historia matriz y se acerca a otros puntos de la geografía cósmica de una franquicia para la que, si hay que hacer caso a los rumores —y siendo Disney la que está implicada, hacer caso a los rumores es casi obligatorio—, la productora ya tiene planes más allá del estreno del ‘Episodio IX’ que llegará, si nada lo impide, en Navidades de 2019. Todavía a mucha distancia del capítulo que de forma más que probable servirá para cerrar la gran historia iniciada por George Lucas hace casi cuarenta años, lo que es incuestionable a ojos de este redactor y a la luz de lo visto anoche en ‘Rogue One’ es que todavía hay mucha vida en ‘Star Wars’…con sus problemas…pero mucha vida a fin de cuentas.

Ya que estamos hablando de “problemas”, centremos la primera parte de la entrada en apuntar a aquellos que, al menos durante el tramo inicial del filme, molestaron de forma desigual al que esto suscribe. Sin nada que objetar a ese prólogo con tintes de western fronterizo en el que se nos presenta a tres de los principales personajes, es en la construcción de éstos donde ‘Rogue One’ muestra su peor faz: arquetípicos hasta decir basta, casi ninguno de los muchos que desfilan durante las dos horas y cuarto de metraje se salvarían de una revisión concienzuda por parte de algún alumno aventajado de cualquier escuela de prestigio en la que se forme a los futuros artífices de las historias que acabarán en la gran pantalla. Hay excepciones, claro —ahí están el personaje de Donnie Yen o ese simpático hallazgo que es el K-2SO doblado en la versión original por Alan Tudyk—, pero son las menos en un mar de caracteres que nada aportan a que la cinta gane en solidez.

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Dicho esto, he de confesar que a partir de aquí no me queda nada que reprocharle a ‘Rogue One’. Lo habéis leído bien, creo que el resto de la producción y de todo lo que ella implica se mueve en términos que oscilan entre lo notable, lo sobresaliente y lo OMG!!!. En los primeros territorios queda el hecho de que la cinta, en lugar de ofrecer un espectáculo consistente en cuanto a la altura en la que raya, vaya de menos a más de forma progresiva y tenga un primer tramo tras el citado —e, insisto, magnífico— prólogo por el que se transita con dificultad. Que dicho tramo coincida, cómo no, con la presentación de los inanes personajes de los que hablábamos en el párrafo anterior no es casualidad como tampoco lo parece el que, toda vez que ya sabemos quién es quién, la cinta de un giro espectacular y comience a provocar no pocas caídas de mandíbula en el respetable.

Responsable directo de ello es, en primera instancia, el final de la breve parada de los héroes en Jedha —el planeta donde los Jedi conseguían los cristales khiber para sus sables de luz—, una secuencia de infarto que sólo es el prólogo de lo que ‘Rogue One’ ofrecerá en su clímax: alternando en el mismo tres acciones diferentes en la mejor tradición de lo que la trilogía original ofreció con ‘El retorno del Jedi’ (‘Return of the Jedi’, Richard Marquand, 1983), lo que acontece en la superficie de Scarif y lo que sucede en el inmediato espacio exterior del planeta controlado por el Imperio sólo puede ser considerado como BRILLANTE. La forma en la que se alternan las acciones, la épica y espectacularidad que atesora cada una, lo mucho que algunos de los personajes se redimen en esos últimos minutos de metraje y cómo éstos capturan lo que servidor entiende por el auténtico espíritu de Star Wars consigue, y lo hace de forma categórica, que uno se imagine lo mucho que tiene que estar tirándose de los pelos de la barba George Lucas por no haber logrado alcanzar tal plenitud de formas en, por ejemplo, el mismo planteamiento del acto final de ‘Star Wars: La amenaza fantasma’ (‘Star Wars: The Phantom Menace’, George Lucas, 1999).

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Es más, si la forma en la que todo queda planteado en el terreno visual sirve para poner en ridículo al batiburrillo inconexo que era la batalla de Naboo, no digamos ya de lo que es probablemente el triunfo más grande de ‘Rogue One’ sobre la trilogía de las precuelas: coser, y hacerlo a la perfección, los flecos que sirven de unión entre ella y ‘La guerra de las galaxias’. Vale, admitamos que a simple vista era muy fácil y que poco habían de complicarse la existencia Tony Gilroy y Chris Weitz para salir airosos del trance. Pero también pensábamos eso mismo hace casi veinte años y mirad la que liaron la federación de comercio, el bloqueo de Naboo, los dichosos midiclorianos, el odiado Jar Jar Binks y ese niñato llamado Anakin Skywalker. Dando pues lecciones a quién quiera atender a ellas, los guiños hacia el Episodio IV son tan constantes como bien acoplados a la trama, y si uno es de los que —como yo— creció viendo cada vez que podía ‘Una nueva esperanza’, no será de extrañar que dé saltos de alegría, profiera risotadas de emoción o prorrumpa en sentidos aplausos junto al resto de la sala cuando el filme funde hacia los créditos finales.

Porque sí, queridos seguidores de la Fuerza, ‘Rogue One’ MOLA y nos devuelve a esa edad en la que podíamos creer sin miedo a las consecuencias en que éramos Jedi y podíamos utilizar el poder de la fuerza para mover el lápiz de nuestra mesa de estudio: la cinta de Edwards rescata para sí un espíritu que las precuelas violentaron y al que, en mi humilde opinión, J.J. Abrams acudía de forma intermitente durante ‘Star Wars: El despertar de la fuerza’ (‘Star Wars: The Force Awakens’, 2015); una cinta ésta que me gustó, sí, pero que no consiguió que terminara enardecido de orgullo friki como sí lo ha logrado este brillante y calculado ejercicio de mercadotecnia. Que una cosa no quita a la otra, y el salir henchido de la emoción no impide ser muy consciente de que si la cinta toca los resortes que toca —de la misma manera que lo hacía el Episodio VII el año pasado— es por estar meticulosamente medida y cuidada, como decía, en todos y cada uno de sus aspectos.

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Y no me gustaría cerrar este artículo sin hacer referencia obligada a uno de ellos, el que compete a Michael Giacchino: tras sustituir a Alexandre Desplat —por mucho que admire al compositor francés, dudo que hubiera podido hacer frente a un universo musical tan ajeno a sus sonoridades como el de Star Wars— y tener sólo cuatro semanas para componer la banda sonora, Giacchino ejemplifica desde los pentagramas la esencia de la cinta, esto es, tocar los resortes musicales suficientes para suscitar la excitación de nuestra memoria sonora y acercar al espectador, ya mediante la cita textual, ya mediante la mímesis, al vasto cosmos construido por John Williams. El resultado, aunque algo incidental en ciertos momentos, es de una potencia sobrecogedora en otros, y sólo hay que atender a los seis últimos minutos de metraje —o a los dos últimos cortes de la edición en CD—, y a ese final que nos hace saltar de emoción, para valorar en su justa medida el encomiable trabajo del responsable de algunos de los mejores scores de la última década.

Valiente y épica, espectacular e íntima cuando así necesita serlo, ‘Rogue One: Una historia de Star Wars’ es, repito, en lo personal, la cinta de ‘La guerra de las galaxias’ que llevaba treinta y cuatro años esperando. No es perfecta, ni mucho menos, como tampoco lo fueron en su momento ni la primera ni la tercera entregas de la saga original —‘El imperio contraataca’ (‘The Empire Strikes Back’, Irvin Keshner, 1980) juega, y ay del que quiera discutirlo, en una LIGA aparte—, pero consigue terminar de avivar hasta su plenitud la llama de la fuerza que hace doce meses prendía con ahínco J.J. Abrams. Esperemos que las futuras incursiones en las diferentes latitudes de la cosmología “starwarsiana” lo sigan haciendo y que, al menos cuando lleguemos a 2019, lo hagamos convencidos de que nunca esta galaxia tan lejana y cercana, tan inexplorada y conocida, brilló con tanta intensidad.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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3 Comentarios

  1. Me ha gustado mucho la reseña. Muy de acuerdo en todo lo que apuntas. La cinta no será perfecta pero en mi caso también es la primera vez desde “El retorno del Jedi” que una película de Star Wars me ha emocionado. Esta tiene todo lo que le faltaba al episodio VII, que no me parece mala, por ejemplo: épica. A diferencia del año pasado esta vez sí que salí del cine contento y con la sensación de que en lo diferente es donde el universo star wars puede avanzar y ofrecer cosas nuevas.

  2. Ayer fui a verla y coincido al 100% con tu reseña, Sergio. Tras un arranque un poco titubeante, la cinta va creciendo en intensidad hasta alcanzar una recta final que es lo más ÉPICO que he visto en mucho tiempo. Salí del cine con un subidón tremendo. Como bien apuntas, el punto más débil de la película bien podrían ser los personajes, aunque solo al principio, ya que conforme avanza el metraje les acabas cogiendo cariño a la mayoría.

  3. Os contesto a los dos con un comentario aparte: después de haber pasado una semana de haberla visto, todo lo positivo que saqué el jueves ha ido en aumento y ha terminado ocultando por completo a lo negativo. La semana que viene volveré a verla, ahora en VO, porque sinceramente creo que si algo ayuda a la mala percepción de los personajes es el doblaje. Ya os contaré

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