‘Peter y el dragón’, magia

Peter y el Dragon poster

Cuando a mediados de abril se estrenó ‘El libro de la selva’, el escepticismo ante la posibilidad de encontrarme otra olvidable producción Disney que no supiera respetar aquél título que rehacía en imagen real como había pasado con ‘Alicia en el país de las maravillas’ (‘Alice in Wonderland’, Tim Burton, 2010) o la infumable ‘Maléfica’ (‘Maleficent’, Robert Stromberg, 2014), era la sensación que dominaba los momentos iniciales toda vez las luces de la sala se apagaron y dio comienzo el espectáculo orquestado por Jon Favreau. Un escepticismo que la cinta basada en los relatos de Rudyard Kipling se encargó de borrar de un plumazo con muy pocos minutos de proyección gracias, entre otras cosas, a la fastuosa labor del realizador de ‘Iron Man’ (id, 2008), a la asombrosa cualidad que atesoraban los efectos visuales que daban vida a todo lo que veíamos en pantalla y al cariño que rezumaba de la cinta.

Trasladémonos cuatro meses y atendamos a las similares sensaciones con las que el pasado miércoles me aproximaba a ‘Peter y el dragón’ (‘Pete’s Dragon’, David Lowery, 2016). Similares que no iguales por cuanto, en contra de lo que pasaba con la versión original de ‘El libro de la selva’ (‘Jungle Book’, Wolfgang Reitherman, 1967), la cinta original en la que se basa esta nueva apuesta en imagen real de la todopoderosa compañía siempre me ha parecido una tremenda estupidez y uno de esos «clásicos» que después de aquél muy lejano primer acercamiento que le hice a principios de los ochenta, nunca he tenido a bien revisar por el mediocre recuerdo que imprimió en mi yo de 9 o 10 años. Y, de nuevo, pocos minutos hacían falta para obliterar todas las trabas que podía interponer a una producción que, como ya muchos han apuntado por otros rincones de la red, sirve entre otras cosas para poner a los adultos en contacto con ese niño que tiempo ha dejamos atrás.

Si bien ‘Peter y el dragón’ logra tal hazaña por mor de ciertos valores que ahora pasaré a comentar, es necesario hacer mención inicial a aquello que el filme no es capaz de ofrecer y que en cierto modo empaña el resultado final. Ahora bien, que nadie se lleve a engaño, el lastre que en momentos puntuales supone el personaje encarnado por Karl Urban, no es de ninguna manera suficiente para deducir los enteros que rebajarían ese sobresaliente que la cinta roza en no pocos instantes. Volviendo al intérprete neozelandés, es el «villano» al que da vida el que fuera Éomer en la trilogía de ‘El señor de los anillos’ el más unidimensional y peor desarrollado de cuántos desfilan por el metraje. No es que el resto de sus compañeros cuenten con la oportunidad de meterse en la piel de caracteres de hondo calado —todos son arquetipos consolidados—, pero la minúscula exposición que se hace del hermano del papel de que se encarga Wes Bentley chirría por cuanto la que corresponde al resto del elenco, aunque típica, queda mejor engarzada con la trama.

Peter y el Dragon A

No obstante, como decía, dejando al margen a Urban, insignificantes son las fisuras que podemos hallar en una cinta que, reza el titular, es pura magia. Una magia que, parafraseando a Obi-Wan, nos rodea y penetra en nosotros de un modo que no podemos controlar, calando hondo en nuestro corazón por su sutileza, su carácter evocador y porque, en última instancia —ya lo decía algo más arriba— hace que volvamos a sentirnos como aquél niño que una vez fuimos. De ello se ocupa, como pasara en ‘El libro de la selva’, la naturalidad que dimana de Oakes Fegley, el pequeño que pierde a sus padres con ¿tres-cuatro? años —impresionante la secuencia inicial— y que encuentra en el bosque a un enorme dragón verde que le ayudará a sobrevivir fuera de todo peligro durante los siguientes seis años: el jovencísimo actor se nos mete en el bolsillo con su aplastante naturalidad y la honestidad que refleja su rostro, provocando con él que a la hora de juzgar a aquello que compete a Elliot, el entrañable dragón, sea nuestra mirada la que tome a la criatura digital como un personaje más.

Variadas han sido las críticas que han arremetido de frente y en términos más o menos inmisericordes contra el diseño de un dragón que se aleja a pasos agigantados de la cualidad de reptil que estamos acostumbrados a ver en estos fantásticos seres y es caracterizado aquí como un mamífero que, con influencias del Fujur de ‘La historia interminable’ (‘Die Unendliche Geschichte’, Wolfgang Petersen, 1984), queda claramente definido como un perro con alas en cierto instante de la acción. Lejos de resultar una molestia, el descubrimiento que resulta el que al final del párrafo anterior calificaba como entrañable personaje, es de un calado que llega a superar a su amigo humano, y la expresividad que los técnicos de efectos digitales logran arrancarle a algo tan inerte como ceros y unos consigue que, como ya pasara en su momento con el King Kong de Peter Jackson, lleguemos a olvidarnos que lo que tenemos proyectado en pantalla es un ser generado a partir de la nada que no interactúa, como sí parece que hace, con personas y entorno.

Modesta, sencilla, tremendamente efectiva y con algún espectacular apunte, la dirección de David Lowery —que parece que será el encargado de llevar a imagen real en 2018 la historia de cierto niño que no quería crecer— ayuda a sumar enteros a la apreciación de una producción que encuentra su enésima sorpresa en la partitura del (casi) desconocido Daniel Hart: autor de la banda sonora de ‘Un lugar sin ley’ (‘Ain’t Them Bodies Saints’, 2013) el anterior filme de Lowery, la composición de Hart cuenta con una de las melodías más bellas y pegadizas de lo que llevamos escuchado este año —sino la que más—, y aunque el score se mueve por territorios más o menos comunes y va respondiendo a las necesidades puntuales de la acción, cada instante en que suena el motivo asociado a Elliot y Peter, que la emoción nos embargue, los ojos se nos empañen y sintamos que estamos montados en el lomo del afable dragón surcando los cielos es inevitable. Si a todo lo anterior sumamos un hermoso mensaje sobre la amistad, la familia y la necesidad de cuidar este planeta tan único y precioso en el que habitamos, poco más hay que aducir para justificar acudir cuanto antes a poder abrazar esa MAGIA que ‘Peter y el dragón’ acapara a manos llenas.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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