‘Mi amigo el gigante’, magia para infantes

Mi amigo el gigante poster

Tiempo ha mi realizador favorito —vaya novedad, Spielberg el realizador favorito de alguien, ¿no?— duele admitir que, echando la vista atrás, el último proyecto que me apasionó del otrora Rey Midas de Hollywood fue ‘Inteligencia artificial’ (‘A.I’, 2001) y de eso han pasado ya quince largos años. Tres lustros en los que el cineasta ha ido dando tumbos de acá para allá con propuestas que se han movido entre lo interesante —y sólo interesante— de ‘Minority Report’ (id, 2002), ‘Atrápame si puedes’ (‘Catch Me If You Can’, 2002) , ‘La guerra de los mundos’ (‘War of the Worlds’, 2005) o ‘Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio’ (‘The Adventures of Tintin’, 2011); el talante algo deslucido de ‘La terminal’ (‘The Terminal’, 2004), ‘Munich’ (id, 2005) o ‘El puente de los espías’ (‘Bridge of Spies’, 2015) o, por supuesto, lo directamente olvidable de la cuarta entrega de Indiana Jones —sí, esa que muchos postulamos que nunca existió—, de la cinta sobre el muchacho y el caballo y de su acercamiento a la figura de Abraham Lincoln.

Y ahora, mientras esperamos como agua de mayo que la adaptación de ‘Ready Player One’ nos devuelva al mago, su nuevo estreno, también una adaptación —en este caso de una de las más famosas novelas de Road Dahl— no hace más que confirmar que Spielberg está de muy baja forma y que la magia y el genio que pudimos verle entre 1975 —año en que nos asustó con su famoso escualo— y 2001, cuando nos acercó a uno de los cuentos más bellos y terroríficos que se han visto en la gran pantalla gracias a un denostado filme que es una obra maestra —y sí, me refiero a ‘Inteligencia Artificial’, ¿a qué otra película podría referirme?—, parece parte de un pasado lejano. Y sé lo que estáis pensando, ¿no hay magia en ‘Mi amigo el gigante’ (‘The BFG’, 2016)? Sí, la hay, pero se mueve entre lo trasnochado y lo infantil y, en última instancia, no convence.

Jar-Jar Binks y los chistes de pedos

Mi amigo el gigante A

Al margen de otra consideración que comentaré algo más abajo, dos son los detalles que de forma más estridente chirrían durante el transcurso de ‘Mi amigo el gigante’ y que, seamos francos, más apuntan hacia la clara posibilidad de que este haya sido un filme de encargo y no una producción en la que Spielberg haya puesto todo el corazón. El primero, que en cuanto el gigante encarnado por Mark Rylance —ese nuevo fetiche del cineasta que, según parece, vamos a tener hasta en la sopa en el futuro próximo del director— abre la boca, el público adulto reciba un severo revés que lo devuelve diecisiete años en el pasado al estreno en verano de 1999 de ‘Episodio I’ y a lo que entonces tuvimos que sufrir con la forma de hablar de Jar-Jar Binks.

El odiado personaje que George Lucas nunca debería haber creado es el referente inmediato de la pobre dicción del gigante, y el hecho de que éste sea completamente digital no ayuda precisamente a olvidar al gungan de largas orejas que acompañaba a Obi-Wan y Qui-Gonn en sus aventuras intergalácticas. Sin haber leído la novela de Dahl, he de admitir que desconozco si en las páginas de la misma el personaje no sólo habla «raro» sino que se inventa toda clase de términos extravagantes de esos que hacen que a los adultos se nos retuerza la mirada mientras que los infantes los abrazan como si fueran lo más natural del mundo.

Pero mirando la cinta con los ojos del padre de cuarenta años que soy, los modos hablados del enorme protagonista no son, ni de lejos, los responsables de que la cinta toque fondo en un par de momentos puntuales ni los que nos llevan a afirmar que, casi sin dudarlo, estamos ante la cinta menos Spielberg de cuantas el artífice de ‘E.T. El extraterrestre’ (‘E.T. The Extraterrestrial’, 1982) ha rodado a lo largo y ancho de su trayectoria. No, si a algo hay que hacer responsable de tal logro es a los «popotraques» derivados del «gasipum» que beben los protagonistas en un par de escenas. Si traducimos el primer término por ventosidades gastrointestinales y el segundo por gaseosa mágica cuyas burbujas van hacia abajo, podéis imaginar cuán no es la verguenza ajena con la que asistimos horrorizados a los dos instantes en que el realizador se marca sendos chistes de pedos y se queda tan pancho. Lamentable.

‘Mi amigo el gigante’, para niños…exclusivamente

Mi amigo el gigante B

Ahora bien, mientras los padres intentamos mirar hacia un lado y rogar porque el momento pase lo más rápido posible, son las carcajadas de los niños las que, al inundar la sala, indican de forma más categórica para qué tipo de público ha rodado Steven Spielberg este cuento que narra la amistad entre una niña respondona y sabelotodo y un gigante que caza sueños y los peligros que tendrán que afrontar para plantarle cara a los otros ocho enormes habitantes de la fantástica tierra entre las nubes en la que habita el personaje al que da vida Rylance.

Son los niños sin duda alguna los destinatarios del tono fabulado del conjunto y los responsables inconscientes de la ligereza con la que éste se trata, de una narrativa que se despoja de complicados artificios —salvo en un par de secuencias orientadas, por otra parte, al lucimiento del 3D—, de una fotografía que uno juraría que no viene firmada por Januzs Kaminski —si hasta se echan en falta sus destellos o la saturación propias de sus anteriores colaboraciones con Spielberg— o de una música de John Williams que carece de espíritu y que se limita a reproducir sonoridades del universo de Harry Potter sin que en ningún momento —ya en la sala, ya en la escucha aislada— se detecte un esfuerzo por parte del maestro de construir un universo musical con leitmotifs identificables como los de antaño.

La suma de todo lo anterior ayuda sobremanera a la pobre percepción final que se extrae de una producción falta de garra y, por supuesto, de la chispa que el Spielberg de otros tiempos habría insuflado a esta fábula. Queda al final la sensación de que todo podía haber dado mucho más de sí y que el viaje que se nos propone, aún con sus buenos momentos —que no todo es execrable, cuidado—, encalla a mitad de ninguna parte en una incómoda tierra de nadie que no consigue que los mayores volvamos a ser pequeños. Y eso, señores míos, resulta imperdonable.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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