‘Mi amigo Dahmer’, el origen del monstruo

Publicado por Astiberri hace cuatro años, ‘Mi amigo Dahmer’ se convirtió de manera casi inmediata en una de las mejores lecturas que este redactor hizo durante aquel 2014 amén de una de las más espeluznantes a las que he tenido la ocasión de asomarme a lo largo de mi ya longeva vida lectora: el relato de Jeff Backderf sobre los años de instituto de Jeff Dahmer, el carnicero de Milwakee —uno de los asesinos en serie más infames de la historia de Estados Unidos—, y de cómo fue en ellos dónde podría haberse cimentado de manera definitiva todo aquello que llevaría a un adolescente introvertido y peculiar a asesinar a 17 jóvenes a lo largo de catorce años, se convertía en manos del artista estadounidense en una mirada lúcida y elocuente al abismo que separa a la gente “normal” de aquellos que son capaces, no ya de quitar la vida a un congénere, sino de cometer atrocidades como el canibalismo o la necrofilia, prácticas que Dahmer llevó a cabo con algunas de sus víctimas.

Guardado pues en el recuerdo como un instante particularmente brillante de esa otra cara del mercado yanqui —una con la que, ya lo sabéis de sobra, disfruto muchísimo más que con la de los superhéroes— cuál no sería mi sorpresa cuando, hace unos días, y de manera completamente casual, descubrí que el pasado año se había estrenado en Estados Unidos una adaptación de la novela gráfica de Backderf dirigida y guionizada por un tal Marc Meyers del que, como suele pasar con el cine independiente del otro lado del charco, no tenía ni la más remota referencia.

Que en el febril, apasionado y hasta desaforado romance que vive el cine actual con los cómics en general y con el universo de los superhéroes en particular, alguien hubiera tenido las agallas de llevar a la gran pantalla un material tan incómodo y poco común como el que Backderf recogía en las páginas de ‘Mi amigo Dahmer’ era razón más que suficiente para que comenzara a recorrer los lugares habituales por si había suerte y algún alma caritativa del otro lado del océano ya había tenido la bondad de compartir con el resto del mundo una copia del filme. La búsqueda, como podéis imaginar —sino hubiera sido así, a ver de qué diantres iba a estar escribiendo— tuvo sus frutos de manera inmediata y dejó preparado el terreno para que el pasado viernes noche, mientras mi esposa disfrutaba de la final de los Carnavales de Cádiz, servidor hiciera lo propio con un entretenimiento mucho menos cómico y ligero.

Una apreciación previa bastante relevante con respecto a ‘Mi amigo Dahmer’ —ya estemos hablando de cómic o película— es que la historia que aquí se nos cuenta no es, ni mucho menos, un relato de asesinos en serie. No hay, por tanto, crímenes escabrosos, sangre o casquería. El interés de Backderf, y el que sin duda hereda Marc Meyers, se centra en recorrer el tiempo que el artista compartió con Dahmer, tiempo que resultaría fundamental para empujar al joven a dar rienda suelta a sus impulsos más salvajes, esos que, quién sabe, habrían podido impedirse si su entorno lo hubiera vigilado y cuidado más. Porque si algo queda claro después de la lectura o el visionado del filme, es que somos el producto de lo que nos rodea. Y lo que rodeó a Dahmer fue de todo menos idóneo: Hogar roto, madre más preocupada por ella y sus neuras que por sus hijos, padre ausente, incomprensión absoluta, nula inteligencia emocional a la hora de tratar con él, objeto de burlas en el instituto…todo lo que envolvió a esos años de tanta relevancia en la vida de cualquier persona parecía empujar a Jeff Dahmer a que su extraña atracción hacia la muerte se trastocara en algo más que recoger animales atropellados y disolverlos en ácido.

Cinta de pequeño presupuesto, acaso el mejor valor de ‘Mi amigo Dahmer’ es precisamente que en su reducida escala, sin estrellas de relumbre —las caras más conocidas son las de Dallas Roberts y Anne Heche como los padres de Dahmer…y ella está irreconocible—, la cercanía que logra transmitir es la misma que conseguían las páginas originales de Backderf; y aunque sepamos en qué va a convertirse el protagonista y nos repela aquello por lo que siente fascinación el joven, resulta inevitable no empatizar con él en ciertos aspectos o que sintamos compasión por su situación. En favor de que ello funcione como lo hace, juega —y de qué manera— la soberbia interpretación que del Dahmer adolescente hace Ross Lynch, capturando su ausente expresión y su lenguaje corporal toda la carga de dolor y nula conexión con el mundo “real” con la que el adolescente tuvo que lidiar sin éxito.

Rodeado de un elenco sólido nunca dado a excesos ni sobreactuaciones y del que también sobresale por su excelente trabajo Dallas Roberts —los instantes en los que el actor intenta asumir el rol de padre son brillantes—, es la elegante dirección de Marc Meyers otro valor que añadir al notable talante general de la producción: Meyers hace de la mesura y la contención su máxima a lo largo de todo el metraje, una cualidad que le permite colocarse y, por defecto, colocarnos a una distancia que se mueve entre la fina línea que separa lo personal de lo impersonal.

Navegando por tan complicadas aguas de la misma forma que lo hacía Backderf en su novela gráfica, y oscilando de manera intermitente a uno y otro lado de la separación entre ambos mundos, ‘Mi amigo Dahmer’ consigue alzarse no ya como una más que digna producción cinematográfica, sino como una soberbia adaptación del material original, del que sólo elimina lo justo —aquello que no habría funcionado en la gran pantalla— y sólo altera lo necesario, respetando en todo momento la genial idiosincrasia de una lectura que, vuelta a hacer tras ver la película, renueva su condición de libro imprescindible en cualquier tebeoteca que se precie.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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