La naranja mecánica [Cine Distópico]

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Aunque la votación interna previa a este especial la ha dejado en 11º puesto, yo habría colocado sin dudar ‘La naranja mecánica’ entre las cinco primeras. En esto no sólo influye que Kubrick me parezca un genial director, sino también que la historia que se nos cuenta es de esas que se te graban a fuego después de verla.

Antes de hablar de la película en sí, conviene apuntar algunas cosas sobre la novela en que se basó y sobre su título. Anthony Burgess publicó su inquietante novela en 1962. En sus páginas los lectores se encontraron con una banda de jóvenes liderada por Álex DeLarge, cuya idea de la diversión se basa en la violencia gratuita y el consumo de drogas. Kubrick adaptó el argumento con mucha fidelidad, añadiendo algunas ideas de su propia cosecha. Tuvo, eso sí, que limitar el uso de la jerga ficticia que utilizan Álex y sus compañeros en el libro, de la que apenas quedan palabras como drugos (amigos).

La mayor diferencia entre la película y el libro es que tienen finales diferentes. Esto se debe a que la edición en que se basó Kubrick no incluía el capítulo 21, en el que Álex, SPOILER aburrido de su anterior modo de vida, se reforma y abandona sus antiguos divertimentos. Con ello, el mensaje de la obra cambia sustancialmente, al hacer hincapié en la posibilidad de la evolución personal, y que con la madurez se apuesta más por la creación que por la destrucción. FIN DEL SPOILER.

En cuanto al título, existen varias teorías sobre su origen. El propio Burgess comentó una vez que hacía referencia a una expresión coloquial inglesa que dice “as queer as a clockwork orange” (tan raro como una naranja mecánica). No obstante, hay quien le ha encontrado un sentido más profundo. Resulta que Burgess vivió una buena temporada en Malasia, en donde la palabra “ourang” (muy similar a “orange”) significa persona, por lo que podríamos interpretar el título como ‘El hombre mecánico’.

Al margen de estas cuestiones, la película nos hace acompañar a Álex y sus drugos en sus fechorías. El derroche de violencia y crueldad del que hacen gala es suficiente para ponernos la carne de gallina, pero Kubrick consigue amplificar esa sensación gracias a su magistral uso de los recursos cinematográficos (ralentizaciones, cámara en mano…) y especialmente a su banda sonora, basada en los compositores clásicos. No en vano, el único capricho cultural que se permite Álex son las sinfonías de Beethoven.

Pero la escena que más ha marcado a los espectadores es sin duda aquella en la que Álex es amarrado a una silla y obligado a recibir una terapia de choque en la que, con el uso de drogas, le hacen relacionar el visionado de imágenes violentas o sexuales con sensaciones desagradables. Un experimento ficticio basado en las teorías conductistas de Pávlov.

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En un principio, parece que el experimento ha sido un éxito, cuando comprueban la reacción de Álex ante una mujer desnuda. Pero la película deja esa supuesta conversión en el aire, y todo apunta a que Álex seguirá con su comportamiento despiadado. Aquí la película nos deja una de sus posibles lecturas, la de que el poder para cambiar a alguien proviene de uno mismo, y que ese cambio no se producirá a no ser que sea por su propia voluntad.

Además de esto, la cinta también nos hace reflexionar sobre la clase de sociedad que ha podido engendrar a estos personajes. Un mundo en el que la falta de valores y el individualismo se han llevado a límites en los que la convivencia ha degenarado en un todos contra todos, y en el que el concepto de libertad se ha pervertido para crear una violenta anarquía moral.

No obstante, la película no ofrece explícitamente ninguna enseñanza ni abandona su óptica pesimista sobre la maldad inherente en el ser humano. Quizá por ello resulte tan inquietante e inhóspita, y deje ese regusto amargo que caracteriza a las grandes obras de la ci-fi distópica.

Si aún no la habéis visto, os la recomiendo fervientemente, así como la lectura de la novela. Y es que en este caso, además de la diferencia en su interpretación que aporta cada final, considero que las dos se compenetran entre sí. Por un lado, el texto de Burgess profundiza mejor si cabe en la personalidad del protagonista y nos sumerge por completo en su vida. Por otro, la filmación de Kubrick aprovecha al máximo las posibilidades del cine para golpear al lector que aún quedara ileso tras la lectura y nos convierte en testigos que observan con impotencia la locura a la que es capaz de llegar el ser humano.

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Jaime Valero @jvalerolife

Nací en el año de las inquietantes profecías literarias de Orwell. No traje ningún tebeo bajo el brazo pero en cuanto alcancé el uso de la razón el cómic se convirtió en una de mis máximas prioridades. Combino las viñetas y bocadillos con otras muchas pasiones delirantes e intento que todas ellas convivan en mi carrera como periodista y traductor. Mi cuartel general se encuentra radicado en Madrid.

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