‘La guía del autoestopista galáctico’, fallida adaptación

La guía del autoestopista galáctico

La guía del autoestopista galáctico‘ es una obra, primero pensada para ser narrada en la radio, luego origen de una colección de cinco novelas, una serie de televisión, un juego de ordenador y varios volúmenes de cómics de DC. Creada por el inglés Douglas Adams (1952-2001), ‘La guía del autoestopista galáctico’ se encuentra entre las más influyentes del siglo XX por más que para el gran público sigue siendo desconocida. Conceptos como que el sentido de la vida es el 42, o que una toalla es imprescindible para sobrevivir en el espacio se han hecho un hueco en la cultura popular. Dotada de un humor absurdo y una trama absolutamente delirante, su adaptación a la pantalla grande se antojaba cuanto menos un reto.

En 2005 salió a la luz la película, dirigida por Garth Jennings, y que prometía fidelidad respecto a la novela original, ya que el propio Douglas Adams, de forma póstuma, era el encargado del guión y además era productor ejecutivo. Su mayor reclamo, a priori, reside en un reparto muy interesante y en una estética que dignifica la capacidad imaginativa de la obra. Comienza con unos créditos inigualables, a base de delfines amaestrados y una canción pegadiza. Pronto se nos presenta a Arthur Dent (Martin Freeman), un ciudadano corriente que se despierta sabiendo que va a ser un día trascendental en su vida: debe luchar contra la demolición de su casa. Su extraño amigo Ford Prefect (Mos Def) le visita anunciándole el fin del mundo, y que realmente es un extraterrestre procedente de un planeta cercano a Bettlegeuse. Efectivamente la Tierra es destruida, y Arthur Dent termina creyendo a Ford.

Resulta que Ford es el autor de ‘La guía del autoestopista galáctico’, el mayor best-seller del universo, y éste informa a Arthur Dent de que se encuentran en una nave de vogones, una raza no cruel, pero arisca y excesivamente burocrática, y que compone la tercera peor poesía del universo, tan mala que escuchar a un bogón recitándola puede producir hemorragia cerebral. Esto es sólo es el comienzo de una caótica sucesión de desventuras a cual más alucinante, incoherente y envolvente.

En un desarrollo argumental tan surrealista que es absolutamente imposible conectar con él de una forma racional, el espectador no puede sino dejarse hipnotizar por algo nunca visto antes. La película tiene varios (bastantes) momentos muy logrados, dignos de ser clasificados como geniales, pero funcionan sólo de forma aislada. Es decir, que en lo global, la película acusa un guión inconexo y que falla estrepitosamente en su insistente objetivo de hacer reír de una manera constante. La historia cambia de género en varias ocasiones, hasta estancarse en una comedia romántica pero de ciencia-ficción: una chica que marcó emocionalmente a Arthur Dent, Trillian (Zooey Deschanel), es ahora novia de Zaphod Beeblebrox (Sam Rockwell), el presidente de la galaxia, y dueño de la nave que rescata al propio Arthur y a Ford de los vogones.

El apartado técnico no desentona en absoluto: la fotografía no se ve mermada por un abuso de efectos especiales, y posee la suficiente originalidad como para que la película no parezca un refrito de otros títulos anteriores. Por desgracia, los actores principales no cumplen (por ejemplo, Sam Rockwell, que es uno de los mejores actores de su generación, aquí se muestra irritante y provisto de un aire de cachondeíto perpetuo). Sólo los secundarios parecen tomarse más en serio su implicación en esta bizarrada. El personaje de Marvin (con cuerpo de Warwick Davis y voz del gran Alan Rickman) es impresionante. Es un robot maníaco-depresivo que se muestra abiertamente insatisfecho por su condición de siervo de Zaphod. También están Bill Nighy y John Malkovich, en unos cuasi-cameos, que añaden solidez, que no consistencia, a una película que, cuanto más avanza, menos se sostiene.

¿Daba el libro para más? Pues sí. De hecho, no creo ser el único que piensa que si los Monty Python, mítico grupo humorístico inglés pionero del humor absurdo, hubiera llevado a cabo el proyecto de llevar al cine ‘La guía del autoestopista galáctico’, habría salido sin problemas una obra maestra. Sin embargo, esta película se ve demasiado condicionada por un guión débil, que no sabe o no quiere aprovechar sus continuos tics de sabiduría irreverente, y no explota sus virtudes como trama de ciencia-ficción (que se acerca a veces a la space opera y la ciencia-ficción puramente filosófica, casi mitológica). Para colmo, el final se queda a medias, muy desdibujado y desconcertante.

Ya que la película, como ya he dicho, es más de momentos que de un todo de calidad, se me hace necesario recomendar ciertas escenas que llaman muchísimo la atención. A saber: el monólogo del misil convertido en ballena que interactúa con el mundo hasta su rápida e inevitable muerte, el personaje de Bill Nighy mostrando a Arthur Dent la fábrica de planetas, todas las intervenciones de Marvin, el mencionado robot depresivo, y las consecuencias de apuntar Trillian a Zaphod con esa curiosísima máquina «del punto de vista». Hay que destacar también la inspiradísima música de Joey Talbot, tan diversa como rica melódicamente, con marcada influencia del estilo de Philip Glass.

Aunque no he leído el libro, estoy seguro que está adaptación al séptimo arte no le hace justicia, y es una verdadera pena, porque se intuye un material de procedencia magistral, del que se podría haber aprovechado mucho más su frescura, su amalgama de personajes irrepetible, y su espíritu trascendental. Una floja película, por tanto, que no impide que a un servidor le entren unas ganas tremendas de hacerse con un ejemplar de ‘La guía del autoestopista galáctico’, y eso es, no obstante, un punto a favor del film: seguramente, ese es uno de sus objetivos fundamentales. Dejo aquí la escena de la presentación del libro, con el mejor tema de la banda sonora y un extracto del humor típico de la película.

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