‘Kubo y las dos cuerdas mágicas’, asombrosa maravilla

Kubo poster

En los siete años que han transcurrido desde el estreno de ‘Los mundos de Coraline’ (‘Coraline’, Henry Selick, 2009), la productora Laika ha pasado de ser una empresa que se empecinaba en continuar «anclada en el pasado del mundo de la animación» por utilizar la técnica de stop-motion para sus producciones, a convertirse en la responsable de, no sólo perpetuar una forma de hacer cine que habla sobre todo de pasión por el séptimo arte, sino de tener en su haber cuatro cintas que se alzan como lo mejor que las películas de dibujos animados han ido dejando fuera de las fronteras de la dupla Disney/Pixar. De hecho, mucho habría que matizar sobre la diferencia real entre Laika y el emporio Disney dado que ha sido el fuerte compromiso de la primera para con sus criaturas el que nos dejaba hace unos días unas declaraciones de Travis Knight aseverando que «el estudio no recurrirá al negocio de la secuelas porque destruye la magia del cine», una afirmación rotunda que situa su preocupación, no en el vil metal, sino en que sus filmes sean lo más originales posible.

Una originalidad que cabía encontrar a manos llenas en la adaptación del cuento de Neil Gaiman, en esa gozada plagada de referencias «frikis» que es ‘El alucinante mundo de Norman’ (‘ParaNorman’, Chris Butler, Sam Fell, 2012), en ‘Los Boxtrolls’ (‘The Boxtrolls’, Graham Annable, Anthony Stacchi, 2014) —acaso su producción más irregular y, aún así, una cinta muy notable en ciertos aspectos— y que ahora, con ‘Kubo y las dos cuerdas mágicas’ (‘Kubo and the Two Strings’, Travis Knight, 2016) alcanza tales cotas, que tachar a esta historia tan influenciada por la cultura japonesa de Obra Maestra, es lo mínimo que sus 100 minutos de metraje exigen por derecho.

Desde el primer al último segundo —y ahí incluyo unos créditos espléndidos— ‘Kubo…’ trabaja a tantos y tan cuidados niveles que resulta imposible no caer completamente rendido a sus pies. Ya no sólo es que la historia sea un dechado constante de originalidad, es que el libreto está tan bien planteado, los personajes tan bien desarrollados con cuatro trazos —porque no tienen más— y tan llenos de vida que son necesarios muy pocos minutos para olvidar que no son más que muñecos articuladas y la acción tan plagada de recursos orientados a que el ritmo no decaiga ni un sólo instante que habría que señalar a Chris Butler, Marc Haimes y Shannon Tindle como los artífices de un altísimo porcentaje de la MAGIA que el metraje exuda por todos y cada uno de sus fotogramas.

Kubo A

Magia que viene a disertar sobre temas universales pasados por el filtro de la cultura nipona y que nos dejan un mensaje acerca del amor y de la familia que pocas veces habrá encontrado tan dramático escenario sobre el que exponerse. Y esa, sin duda, es otra enorme virtud de ‘Kubo…’ el que sus responsables no hayan sentido que, por ser una cinta animada, la trama tenía que atenerse a los patrones de amabilidad a los que (casi) siempre están sujetas las películas de «dibujitos»: huyendo de los mismos, la cinta se arropa bajo el mismo techo en el que habitan las mejores cintas de Pixar o Ghibli, esas que tiempo ha demostraron con autoridad que la animación no era coto privado de los más pequeños de la casa y que los adultos, «sufridos» acompañantes de nuestros vástagos, bien merecíamos que, en un plano muy distinto, se nos planteara un diálogo con el que sentirnos identificados.

‘Kubo…’ trabaja dicho diálogo desde una posición de tremenda elocuencia, superponiéndolo con precisión a aquello que sabe que puede aludir con más facilidad a los «peques» hasta el punto de conseguir un todo indisoluble de una fuerza imparable. Ayudado el empuje que atesora la cinta por una espléndida partitura de Dario Marianelli —de las más grandes que ha compuesto el músico italiano junto a ‘Orgullo y prejuicio’ (‘Pride and Prejudice’, Joe Wright, 2005—, es en la animación propiamente dicha donde parece que los responsables de Laika se han propuesto con más ahínco dejarnos con la mandíbula a varios centímetros por debajo de su posición natural, embistiéndonos desde el prólogo con una combinación entre el stop-motion llevado hasta sus últimas consecuencias y elementos de animación digital que, aunque evidentes en ciertos instantes por la imposibilidad que supondría ejecutarlos de otra manera, se maridan hasta invisibilizarse.

Kubo B

La perfección y fluidez con la que los personajes de ‘Kubo…’ se mueven ante nuestros ojos es sólo un ínfimo detalle de lo que la cinta plantea desde el uso de la técnica por la que Laika se ha labrado su nombre: sabedores de que sin apostar fuerte no conseguirían que la producción terminara siendo acreedora de las incontables loas que ya ha recibido, el magnífico diseño de producción del microcosmos por el que se mueven Kubo, la mona y el escarabajo queda plagado de detalles que lo enriquecen en extremo. Siendo complicado destacar uno de ellos por encima de los demás, quizás sea el protagonismo del bello arte del origami el que acapare más momentos para el asombro y el que de forma más inmediata capture nuestra atención por la relevancia que adquiere en la historia desde sus primeros pasos.

Con tamaños logros en su haber, ‘Kubo y las dos cuerdas mágicas’ logra trascender sin despeinarse ese logro de alzarse, decía antes, como una de las más grandes cintas animadas de la última década, y se asienta en lo más alto del podio de las contendientes a Mejor Película del 2016 que hemos podido disfrutar hasta el momento en los ocho meses que ayer tocaban a su fin. Huelga decir, a la luz de dicha sentencia, que desaprovechar la ocasión de ver en la gran pantalla tan magnífica película sería una de esas oportunidades que no deben dejarse pasar si en el futuro no queremos mirar atrás y arrepentirnos…¡ah! y por una vez, sin que sirva de precedente, si puede ser en 3D, mejor.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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