‘Kong: La isla calavera’, limitado entretenimiento

Con gustos lo suficientemente diferentes como para que, cada vez que vamos al cine juntos, nuestro grupo de cinco amigos —tres hombres, dos mujeres— se enzarce en animadas discusiones que pueden prolongarse “ad eternam”; hay no obstante instantes en los que tan variado quinteto ha opinado al unísono sobre una producción en particular, ya sea para alabarla hasta decir basta, ya sea para arrastrarla por el fango. Este segundo caso fue el que hace tres años ocupó nuestro tiempo cuando salimos de ver ‘Godzilla’ (id, Gareth Edwards, 2014), la apuesta de la Warner por insuflar nueva vida al monstruo nipón que, rodeada de un halo de seriedad extremo, terminó saldándose como una comedia no pretendida que provocó carcajadas incontenibles en todos y cada uno de nosotros.

Recordada desde entonces como uno de las peores producciones que hemos visto en el último lustro —y mira que hemos llegado a ver algún que otro bodrio infumable—, el espíritu del kaiju venido a menos producido por Warner y Legendary pictures sobrevolaba nuestro ánimo cuando, el viernes pasado, acudimos al cine a ver ‘Kong: La isla calavera’ (‘Kong: Skull Island’, Jordan Vogt-Roberts, 2017); quizás no como para provocar una tendencia a la alza de unos prejuicios que creo que todos nos dejábamos en la puerta, pero sí lo suficiente como para no esperar mucho de lo que fuera a tener lugar en la pantalla durante las dos horas siguientes. El resultado de tan extenso metraje fue, no obstante, reflejo más o menos fiel de lo que pudimos experimentar con la versión de Gareth Edwards del kaiju más famoso de la historia del cine.

Cierto es que lo que en ‘Godzilla’ era no pretendido, aquí se busca denodadamente, y que el tono de gravedad que podría parecer que envuelve a ‘Kong’ queda puesto en tela de juicio una y otra vez, ya por el humor que se desprende de muchos de sus planos —con constantes “coñas”— ya por unos personajes y unos diálogos que no hay quien se crea. De hecho, son éstos dos fundamentales puntales en toda producción cinematográfica los que logran arruinar irremisiblemente un filme que, en lo que a su componente visual se refiere, atesora no pocos instantes de efectiva espectacularidad y que, al contrario que su “predecesora”, no tiene ningún pudor en ocultar a su estrella, un Kong asombroso que poco tiene que envidiarle al que Peter Jackson creara con la ayuda de Andy Serkis y Weta allá por 2005.

Extendiendo lo soberbio de los efectos visuales no sólo a aquello que compete al mono gigante, sino a todo un metraje plagado de espléndidos diseños de criaturas y entornos, es la puntualmente brillante dirección de Jordan Vogt-Roberts la que, de haber contado con un libreto en condiciones a sus espaldas, habría aupado a ‘Kong’ a mejores resultados: vale que el cineasta de larga barba —buscad por ahí alguna de las entrevistas que ha concedido con motivo del estreno del filme— bebe en exceso del espíritu “Snyder” y mete cámara lenta, secuencias “molonas” y posados de los protagonistas que no vienen al caso cada vez que tiene ocasión, pero eso no quita para que su sentido del espectáculo y el planteamiento de, por ejemplo, la secuencia de llegada a la isla, se proponga, y consiga, dejarnos completamente epatados.

Pero, ay, todo esfuerzo del realizador y del equipo de producción queda en agua de borrajas cuando el alma de la cinta, su guión, se obstina en trabajar en contra de ellos, ofreciendo un complejo y extenso muestrario de malas decisiones, personajes esqueléticos y diálogos que harían sonrojar a cualquier cinta de serie B que se le pusiera por delante. Tan lamentable es el trabajo que llevan a cabo Dan Gilroy y Max Borenstein, que cuesta trabajo no prorrumpir en sonoras risotadas cada vez que Samuel L.Jackson, alguno de los militares secundarios o la geóloga china abren la boca —lo de la científica oriental es, de punta a cabo, hilarante—; y eso por no hablar de esa aguerrida fotógrafa que nunca hace fotos que interpreta una Brie Larson sin interés o ese remedo de Indiana Jones que es Tom Hiddleston.

Dejando la puerta muy abierta a que tanto ésta como ‘Godzilla’ sean preludio a alguna cinta más que enfrente a los dos titanes con alguna de las némesis más famosas del monstruo japonés —no es que valga la pena, pero quédense hasta el final de los créditos—, es la valoración final de ‘Kong: La isla calavera’ una cuestión que podría dirimirse con el simple argumento de saber lo que uno va a encontrarse en el cine. Si lo que espera es una producción medianamente entretenida y poco más, la película cubrirá de forma suficiente sus expectativas. Sin embargo, si quiere uno (re)encontrarse con ese sentido épico que Jackson lograba imprimir —con sus excesos, de acuerdo, pero lo lograba— a las tres horas de metraje de su homenaje al clásico de Merian C. Cooper, olvídense, aquí de épica andamos cortos y de homenajes a uno de los cimientos fundamentales de la fantasía en el séptimo arte, aún menos.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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