‘Glass’, un final entre dos mundos

‘Múltiple’ (‘Split’, M. Night Shyamalan, 2016) fue una sorpresa. No. Decir eso sería quedarse algo cortos. De hecho, fue una doble sorpresa. No. Ni siquiera eso le haría justicia. ‘Múltiple’ fue una sorpresa coronada por un SORPRESÓN de aúpa. Y aún dicha afirmación no empezaría a cubrir lo que la cinta del denostado M. Night Shyamalan nos deparó a los que nos acercamos hace dos años a ella esperando encontrarnos una nueva decepción en una carrera que, tras tantos desatinos continuados, no parecía que fuera a ser capaz de recuperar el fueye que una vez lo convirtió en uno de los realizadores más en boca de todos los cinéfilos del mundo.

Esa duplicidad en su talante de sorpresa se debió, en primera instancia, a que la cinta, por vez primera en bastante tiempo, contaba algo interesante y no se dedicaba a desbarrar con un guión insustancial incapaz de sobrevivir a su premisa de partida —caso de ‘El incidente’ (‘The Happening’, 2008)—, a la honesta intención de hacer un entretenimiento digno de cualquier edad —caso de ‘Airbender: El último guerrero’ (‘The Last Airbender’, 2010)— o de recuperar parte del lustre de antaño acotando ambiciones —caso de ‘La visita’ (‘The Visit’, 2015).

Pero donde ‘Múltiple’ dio la campanada más sonora fue en sus últimos minutos: recuerdo de manera vívida que, cuando comenzó a sonar el tema de James Newton Howard para ‘El protegido’ (‘Unbrekeable’, 2000), pensé «Bah, típico temp track que ha terminado quedándose». Pero no, la inclusión de la maravillosa melodía venía totalmente a colación puesto que —y aquí sonó por mi parte un «OMG!!!» que se escuchó en toda la sala— la cinta era, sin que nadie pudiera esperarlo, la largamente esperada continuación del filme con el que Shyamalan nos había hablado del mundo de los cómics y de lo que podría ser un superhéroe en la realidad..¡16 años antes!.

Revelado uno de los mejores golpes de efecto que nos ha llegado de la industria estadounidense del cine en la última década, sólo restaba esperar a que el cineasta se pusiera manos a la obra para hacernos llegar la conclusión a una trilogía que ahora termina, aunque no de la forma redonda que esperábamos, con ‘Glass’ (id, 2018). Una cinta que, ante todo, es un sueño hecho realidad para los que consideramos a ‘El protegido’, no sólo como una de las dos mejores producciones salidas de la imaginación del realizador de Filadelfia, sino una de las películas que mejor ha sabido interpretar las claves del mundo de los superhombres y, por supuesto, uno de los más grandes títulos de la primera década de este siglo.

Es bien evidente que las expectativas hacia ‘Glass’ eran tan desproporcionadas que cualquier cosa que hubiera podido rodar Shyamalan, por muy magistral que hubiera llegado a ser, nos habría parecido poco. Intentando pues mantener la «cabeza fría» y aproximándonos a la valoración del filme de manera visceral, lo cierto es que esta conclusión es, ante todo, un catálogo de lo mejor y lo peor de lo que es capaz el director y guionista. Y como no quisiéramos terminar con mal sabor de boca, comencemos por dar cuenta del sesgo negativo de la cinta.

Un sesgo que, como cabría apuntar en la práctica totalidad de la filmografía de Shyamalan, reposa sobre los enclenques hombros de la capacidad del cineasta para escribir diálogos que no caigan en lo risible o ser capaz de insuflar en sus personajes la suficiente vida para hacerlos entes tridimensionales y no meros muñecos de cartón piedra que, en no pocas ocasiones, se comportan de maneras completamente ridículas: es algo que pasaba en ‘El protegido’ con los personajes de Audrey y Joseph, mujer e hijo del David Dunn al que encarnaba —y vuelve a encarnar— Bruce Willis; y es algo que vuelve a suceder aquí con Spencer Treat Clark, con la protagonista de ‘Múltiple’ o con la madre del villano de la función, ese Mr. Glass que da título al filme y que no resulta tan convincente como lo fuera hace diecinueve años.

Unida a esa notoria incapacidad para que las frases surjan de manera natural de sus personajes, ‘Glass’ acusa un severo problema de ritmo en un acto intermedio —el que discurre en el psiquiátrico— que se prolonga sobremanera, que es un frenazo tremendamente brusco después del portentoso arranque de la acción y que da paso a una conclusión que, y ahí otro detalle poco positivo, parece que va a cerrar una y otra vez sin que el fundido a negro termine de llegar.

Ahora bien, si vamos relativamente preparados a que la cinta flaquee en lo que siempre ha flaqueado el cine de Shyamalan, y nos quitamos de la cabeza el que vayamos a encontrarnos con algo a la altura de lo que supuso ‘El protegido’ hace casi dos décadas, ‘Glass’ se alza como una muy digna conclusión a todo lo que en ella se planteaba, aunque para ello recurra a algún giro un poco forzado —esa revelación del tercer acto—: la reflexión sobre el mundo de los superhéroes y sus némesis que abría ‘Unbreakable’ encuentra aquí un cierre que, taras al margen, tiene su mejor valedor en la enérgica y lograda puesta en escena del cineasta.

Demostrando, como si hiciera falta, que en cuanto a ideas narrativas sigue siendo uno de los nombres más ingeniosos del Hollywood de las últimas dos décadas, es una gozada ver a un Shyamalan en plena forma dar lecciones de cine a diestro y siniestro con planos, encuadres y planteamientos secuenciales que, en algún momento que otro, dejan tan boquiabierto como lo que James McAvoy vuelve a conseguir dando múltiple vida a la cohorte de personalidades que habitan en Kevin Wendell Crumb: el actor se merienda sin despeinarse a todo compañero de reparto que se le pone por delante y su tour de force interpretativo termina alzándose, sin duda, como lo mejor de un filme que, lejos de alcanzar esa «redondez» que muchos queríamos para él, es una más que digna conclusión a algo que durante tantos años no fue más que un sueño imposible.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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