‘En la hierba alta’, jugando en los campos del Sr. King

Segundo estreno que, junto con ‘El Camino: Una película de Breaking Bad’ (‘ El Camino: A Breaking Bad Movie’, Vince Gilligan, 2019), nos llegaba el pasado viernes a través de Netflix —hubo un tercero ese mismo día, ‘Fractura’ (‘Fractured’, Brad Anderson, 2019), un correcto thriller con un espléndido Sam Worthington y giro final de los que te dejan desencajado—, ‘En la hierba alta’ (‘In the Tall Grass’, Vincenzo Natali, 2019) venía precedida por dos hechos que la colocaban rauda en mi personal punto de mira: el ser una adaptación del relato homónimo firmado por Stephen King y su vástago, el insigne Joe Hill y, aún más, venir firmada por Vincenzo Natali, el cineasta que hace veinte años nos dejó boquiabiertos con ‘Cube’ (id, 1997) a todos los que acudimos a verla al cine.

Vale que su trayectoria posterior no estuviera, al menos en lo que a la gran pantalla se refiere, a la altura de lo que marcó su ópera prima y que este redactor no guarde ningún recuerdo —ni grato ni ingrato— de ‘Cypher’ (id, 2002) o ‘Splice: Experimento mortal’ (‘Splice’, 2006), pero eso no quita para que, en su momento, cuando acudí al cine a ver cualquiera de las dos anteriores, lo hiciera cargado de la misma expectación con la que me senté el sábado noche en mi sofá antes de adentrarme en ese campo que, por otra parte, tanto recuerda, en algunos instantes de la narración, a aquél que King describía en 1977 en el relato ‘Los chicos del maíz’; sí, la que después sería llevada al cine con Linda Hamilton como protagonista en 1984.

Desarrollándose de forma exclusiva entre las opresivas y agobiantes hierbas altas que dan título al relato, la adaptación que hace Natali del mismo sirve al cineasta para recuperar, aunque el escenario no tenga relación alguna con aquel en el que se desarrollaba ‘Cube’, el ambiente de confusión y desesperación que trasladaba el estilizado y tecnificado cubo del que hasta siete personajes diferentes trataban de escapar. Con uno menos y en un entorno igual de laberíntico, Natali se hace grande en las imaginativas formas en que, moviéndose por las gigantesca vegetación, saca partido de ellas para, primero, lograr algo fundamental en toda narración: que el público no se aburra. Manteniendo la tensión en casi cada minuto de los 100 minutos de duración, la colocación de la cámara en toda suerte de ángulos —atención a los planos cenitales, asombrosos— y el ajustado trabajo del reparto, con un excelso Patrick Wilson a la cabeza, hacen de ‘En la hierba alta’ una producción bastante mejor que lo que muchos están obcecados en ver.

Cierto es que, si se conoce la obra de King, los tropos que maneja el discurrir de la acción no son muy originales, y al margen de los campos interminables y traicioneros y de los seres que lo habitan, esa enorme piedra primaria que sirve de elemento pivotante a lo largo del metraje resuena a otros puntos de la iconografía del escritor de Maine. Pero el que en cierto modo se coquetee también con H.P.Lovecraft —incluso me atrevería a decir que hay cierta referencia consciente a ‘En la boca del miedo’ (‘In the Mouth of Madness’, John Carpenter, 1994)— y que Natali consiga, sin necesidad de recurrir al golpe de efecto —alguno hay, pero es tan sucinto y sutil que pasa desapercibido—, crear una atmósfera terrorífica tan lograda como la que aquí encontramos, hacen del acercamiento a esta propuesta de Netflix un ejercicio tan agradable como lo fue, hace un par de años, el que la plataforma nos propuso con ‘El juego de Gerald’ (‘Gerald’s Game’, Mike Flanagan, 2017), otra adaptación de Stephen King que, sumada a la que hoy os traemos, y como ha sucedido con tantas otras suyas, no pasará a la historia del séptimo arte pero sí queda, al menos, como una sólida muestra de cómo traducir el imaginario del literato estadounidense a imágenes en movimiento. Y eso, viendo algunas de las atrocidades que se han hecho con su obra, ya es muchísimo.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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