‘Daredevil. Tercera temporada’, el hombre sin miedo

En las últimas semanas, ese rincón que es el Universo Marvel televisivo de Netflix ha sido un constante hervidero de noticias. Primero, por el más que predecible anuncio de la cancelación de ‘Iron Fist’, una serie cuya primera temporada era floja de narices; cualidad que, supuestamente, se arreglaba algo en una segunda a la que ni me molesté en acercarme pero que, no obstante, no levantaba el vuelo lo suficiente como para que Marvel aprobara una tercera entrega. Segundo, por el estreno de la esta tercera temporada de ‘Daredevil’ que hoy nos ocupa. Y, tercero, por otra cancelación, en esta ocasión la de ‘Luke Cage’, cabecera sobre lo que se puede decir exactamente lo mismo que sobre ‘Iron Fist’…vamos, una afirmación que también podría aplicarse en los mismos términos a ‘Jessica Jones’.

Con la rumorología de la red de redes funcionado a todo tren para apuntar a la razón de dichas cancelaciones en el inminente arranque de la plataforma VOD de Disney y en el deseo del gigante empresarial de tener bajo su control a todos sus personajes —ahí está, como muestra más contundente de dicha querencia, la compra de la Fox—, servidor se inclina más a pensar que tras ellas lo único que se encuentran son razones que atienden a su mediocre calidad, ya las estemos considerando como hechos aislados, ya las comparemos con el nivel al que suelen moverse las producciones cinematográficas de la compañía o lo hagamos con respecto a la incuestionable calidad que han exudado las tres temporadas de ‘Daredevil’.

Una primera de asombro, una segunda de infarto

He de admitir que cuando Netflix y Marvel anunciaron el comienzo de su colaboración hace tres años y dejaron entrever el ambicioso plan que llevaría a la cadena de VOD a producir varias series llamadas a confluir en ‘Defenders’, mis impresiones iniciales fueron encontradas: de una parte veía lógico que Marvel tratara de trasponer el esquema que tan bien le había funcionado en la gran pantalla a una pequeña en la que sus únicas huellas —la normalita ‘Agents of S.H.I.E.L.D’ y la muy discreta ‘Agent Carter’— estaban muy lejos de servir de reflejo de la grandeza y épica de sus grandes gestas cinematográficas; por la otra, no obstante, no terminaba de ver, al igual que me pasaría después con el anuncio de los proyectos fílmicos de DC, qué interés podían tener personajes como Luke Cage o Iron Fist.

Dichas impresiones cambiaron, al menos momentáneamente, cuando en 2015 se estrenó la primera temporada de ‘Daredevil’ y la serie nos dejó a todos patidifusos. “Grounded”, que dirían los angloparlantes —”anclada en la realidad”, que podríamos traducir por aquí— aquellos primeros trece episodios en los que se nos presentaba a Matt Murdock, Karen Page, “Foggy” Nelson, Wilson Fisk, Vanessa Mariana, Ben Urich y muchos más nombres habituales del mundillo del diablo protector de Hell’s Kitchen, eran tan espectaculares, se desarrollaban de manera tan precisa y presentaban a un Kingpin tan “bigger than life” —perdón por los anglicismos, pero convendréis en que muchas veces expresan de forma más precisa que el castellano una idea en concreto— que afirmar que las expectativas ante lo que estuviera por venir se elevaban a la enésima potencia es, quizás, quedarse cortos.

Enfriados los ánimos de manera considerable por lo innecesariamente prolongado de ‘Jessica Jones’, el desembarco en marzo de 2016 de la segunda entrega de trece episodios de ‘Daredevil’ hacía que la cabecera basada en el cómic de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos quedara como un ejercicio transitorio sin mayor importancia: dejando a Kingpin de lado por razones obvias tal y como acababa la anterior temporada, esta nueva entrega de las aventuras del héroe ciego introducía a otros dos actores fundamentales en su trayectoria aviñetada, Elektra Natchios y Frank Castle. Tanto la asesina como el vigilante, servían de soberbio escaparate de lo mejor que volvía a ofrecer una serie que superaba en intensidad a su predecesora y que elevaba de tal manera el listón para los siguientes proyectos de Netflix, que ya se antojaba evidente que mucho iban a tener que “trabajar” éstos para alcanzarla.

Tras el tránsito por el desierto…

Y, tras ella, llegaron las naderías. Primero, aquellos trece interminables episodios de ‘Luke Cage’ que caían en la categoría de “serie que ver mientras estás haciendo otra cosa” y que, insufribles por momentos, sólo lograba levantar el vuelo en sus últimos y agónicos compases. Después, una ‘Iron Fist’ que funcionaba aún peor y que, por carecer, carecía de un protagonista con carisma, recayendo el peso de encarnar con convicción a Danny Rand en un Finn Jones —el Loras Tyrell de ‘Juego de Tronos’— que si bien daba el tipo físicamente, no así en una capacidad interpretativa algo parca.

Arribando a las fronteras del puntual e intermitente oasis que fue ‘Defenders’, bien le habría venido a Marvel y Netflix evaluar con paciencia lo que ofrecerían a continuación del cruce de sus cuatro superhéroes, más que nada porque, tras la confrontación entre el grupo y las fuerzas de la Mano, que se saldaba —de nuevo— con algún que otro episodio la mar de olvidable; y después de que las correspondientes entregas de ‘Punisher’ dejaran también ciertos altibajos, lo que nos esperaba a los aficionados al cómic era una pendiente en constante descenso que empezaría por la agotadora e innecesaria segunda temporada de ‘Jesssica Jones’ y seguiría con las de ‘Luke Cage’ y ‘Iron Fist’, toda una dura prueba de aguante que, en mi caso —y supongo que no seré el único— se saldaba con el inevitable abandono de las dos primeras tras cuatro o cinco episodios y, como decía arriba, el rechazo pleno a la posibilidad de ver la tercera en discordia. Afortunadamente, todo eso iba a quedar en el pasado…

…llegan los verdes prados de la Cocina del Infierno

Tras tan prolongado prólogo, vayamos rápido al grano: no sólo es la tercera temporada de ‘Daredevil’ la mejor de las tres hasta ahora producidas por Netflix sobre Matt Murdock y su alter ego, es que, por ende, los trece episodios que la plataforma aireó el pasado viernes 19 se convierten en los que mayor nota alcanzan de cuantos han visto la luz bajo la colaboración entre aquella y Marvel y, aún más, en uno de los instantes de más alta calidad de entre aquellos a los que nos hemos asomado a lo largo de 2018. Tanto es así, que de no haberse interpuesto ‘La maldición de Hill House’, bien podríamos estar hablando de esta tercera temporada como la mejor serie del año…por ahora, claro.

Muchas son las afortunadas decisiones que concurren en convertir a esta tercera entrega de ‘Daredevil’ en un producto de tamaña envergadura, y si bien nos las nombraremos todas por aquello de dejar espacio a la sorpresa, si que hemos de empezar de manera obligada por lo mucho que la cabecera coquetea a lo largo de los trece episodios con la que es considerada una de las mejores historias jamás publicadas del héroe neoyorquino. Nos referimos, cómo no, a ‘Born Again’.

Con la sombra del legendario trabajo de Frank Miller y David Mazzuchelli muy presente en el esqueleto argumental que hilvana el equipo de guionistas; y la ingente cantidad de guiños visuales que el discurrir de la serie va haciendo a las viñetas del segundo como argumentos de peso con los que cautivar a aquellos que tenemos en alta estima a las páginas en las que el creador de ‘Sin City’ volvió a redefinir al personaje creado por Stan Lee y Bill Everett; hay en esa mirada hacia ‘Born Again’ un detalle que se superpone a todos los demás, el trabajo de Joanne Whalley interpretando a la hermana Maggie.

La que fuera Sorsha en la mítica ‘Willow’ (id, Ron Howard, 1988) —sí, es la misma actriz, sólo Tom Cruise se libra del paso de los años— encarna aquí con suma convicción un personaje complicado, al que aporta una determinación que sólo en contados instantes deja ver la fragilidad que se esconde tras la verdad que oculta. Una verdad que se hereda directamente de ‘Born Again’ y que quizás pierda su efectividad cuando es desvelada si se ha leído el tebeo previamente pero, qué demonios, la escena en cuestión está tan bien rodada que da exactamente igual.

Kingpin y Bullseye. Bullseye y Kingpin

Respaldando con su buen hacer la solidez que siguen detentando Charlie Cox, Deborah Ann Woll y Elden Henson en las pieles de Matt, Karen y Foggy, si hay algo que hace que la tercera temporada de ‘Daredevil’ se coloque en ese privilegiado puesto que comentaba antes eso es, sin lugar a dudas, la dupla formada por Vincent D’Onofrio y Wilson Bethel. El primero como Kingpin vuelve a demostrar que la serie con él es como cualquier producto que cuente con Nathan Fillion, un 25% mejor, y esa rabiosa contención a la que sólo se da terrible salida en momentos muy puntuales, hacen de todas sus apariciones —yo diría que más abundantes incluso que las de Matt— toda una gozada que deja instantes gloriosos.

De manera similar, lo que Wilson Bethel hace con su Benjamin ‘Dex’ Poindtexter —uno de los alias que suele utilizar Bullseye en los cómics— consigue crear a una segunda némesis de Daredevil que es una imparable fuerza de la naturaleza. Olvidaos de el amaneramiento y lo histriónico de lo que hizo Colin Farrell para la versión cinematográfica del personaje, el Bullseye de la serie de televisión es creíble, tridimensional, y una olla a presión a punto de estallar que Wilson Fisk maneja a su antojo, moldeándolo para convertirlo en el vehículo con el que librarse por fin del demonio rojo que tanto le tortura.

Las sinergias entre ambos personajes son tan asombrosas como asombroso es el capítulo en el que se nos presenta el pasado del letal asesino capaz de convertir en arma mortal todo lo que arroja: rodado casi en su integridad en blanco y negro, la manera en la que Julian Holmes nos aproxima a los determinantes años de infancia y adolescencia en los que la frágil mente del criminal tuvo que afrontar lo que realmente era, sólo es una pequeña muestra del talento que los trece episodios aglutinan tras las cámaras.

Al natural

Sin entrar en disquisiciones que validaran la labor de uno sobre otro, sí hay una idea muy clara que sirve de común denominador a toda la temporada y que hace de ‘Daredevil’ un vehículo constante para el asombro: la forma en la que se dirigen y editan las escenas de luchas. Si bien el estilo “Greengrass” de rodar la acción cámara en mano y montarla con inquietud y vísceras fue un soplo de aire fresco muy agradecido en su momento y supuso un cambio de paradigma en el género que hizo de la saga de Jason Bourne todo un ejemplo a seguir —y ahí están las películas de Bond protagonizadas por Daniel Craig para demostrarlo—, no es menos cierto que, pasado un tiempo, llegó a hartar el no enterarnos de la misa la mitad de lo que pasaba en pantalla.

Huyendo pues del obscurantismo narrativo y acercándose a ese nuevo modelo que parece haber instaurado otra nueva saga del género, la de John Wick, las secuencias de peleas en ‘Daredevil’ se ruedan todas en su mayoría desde el plano general, dejando que las espectaculares y brutales coreografías respiren hasta extremos que hacen que sintamos como propios algunos de los mamporros que el señor Murdock va repartiendo a diestra y siniestra a lo largo de las casi trece horas de producción.

Aunque todas ellas sean fascinantes, es sin duda la que enfrenta a los dos villanos y el héroe —y no es ningún destripe, se sabe desde el comienzo que la serie se dirige ahí de forma lenta pero certera— la que sirve como máximo exponente de la naturalidad con la que desde los actores a la dirección se impregna una docena más un episodios que no tienen casi un minuto de desperdicio: ya estemos hablando de todo lo que concierne a los malos de la función, ya lo estemos haciendo del viaje de Matt desde las sombras hacia la lejana luz, ya prestemos nuestra atención a las cuitas de Karen y Foggy o a aquellas que conciernen a ese gran descubrimiento que es el agente federal Nadeem…TODO en esta temporada encaja como un reloj de precisión suiza y deja el terreno preparado para una cuarta entrega que, elija el camino que elija, se antoja apasionante. ‘Nuff said!!!!!

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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