‘Crudo’, otros cien que se fueron

Grandes eran las expectativas personales hacia ‘Crudo’ (‘Grave’, Julia Ducournau, 2016). Respaldada entre otros por los tres premios obtenidos en Sitges o el recogido en Cannes, el filme venía precedido por toda una oleada de exagerados comentarios acerca de lo impactante de su contenido, de espectadores que se habían desmayado en la sala e incluso habían salido de la misma con ganas de vomitar —o vomitando—. La conjunción de todo lo anterior unida a mi filia hacia el cine de terror —al que, supuestamente, pertenecía el filme— se combinaban para que el pasado viernes me adentrara en la sala de cine con ganas de pasar un mal rato, salir de la proyección con mal cuerpo y haber estado cien minutos incómodo en la butaca ante todo lo que prometía la producción del país vecino. Poco podía imaginar que todo ello se iba a cumplir…pero no de la manera que hubiera deseado.

Dejémoslo claro desde ya, ‘Crudo’ es una de las mayores pérdidas de tiempo, dinero y esfuerzo cinéfilo que recuerdo haber invertido en los últimos tiempos. No hay nada, NADA, en el metraje de este supuesto análisis de las dificultades de tener dieciocho años que lleve a la fascinación que apuntan muchas localizaciones de la red y, salvo la espléndida interpretación de Garance Marillier —completamente masacrada por un doblaje lamentable—, lo que ofrece Ducournau es uno de esos productos diseñados para que los críticos se deshagan en elogios ante lo formidable del atrevimiento de un debutante, alabando la solidez de la realización y la carga de contenido del guión.

Aunque haya ejercido como tal en medios diferentes, no me considero un crítico de los que es capaz de ver más allá del común de los mortales y extraer significados a producciones cinematográficas que puede que ni el propio autor hubiera pensado incluir. Sólo soy un cinéfilo más que, habiendo visto muchísimo cine a lo largo de mi vida, encuentra en el medio escrito una manera de compartir reflexiones personales con aquellos que se sientan al otro lado de la pantalla. Y, desde esa óptica de normalidad bajo la que creo estar, es mi humilde opinión que, sin dudar ni un solo momento que los mensajes que se le atribuyen a ‘Crudo’ acerca de la complejidad de ser adolescente, de descubrir tu cuerpo y tu sexualidad y de andar por la fina línea que separa el ser uno más con mantener tu carácter único estén ahí, hay —y ha habido en la historia del cine— formas muy superiores de transmitirlo que no pasan por el tedio, la absoluta carencia de ritmo, lo ridículo de los diálogos y lo absurdo de las situaciones que plantea este muy olvidable filme.

Tanto es así, que durante la conversación que siguió al ejercicio de aguante estoico que supuso ver la cinta, conversaba con Miguel Michán —el otro cinéfilo que tuvo el infortunio de acompañarme— acerca de ‘El club de los cinco’ (‘The Breakfast Club’, John Hughes, 1985), el clásico de los ochenta que, treinta años después de su estreno, habla con aún más intensidad que entonces y de forma quizás más universal de la que, probablemente, sea la etapa más compleja de cuantas hemos de transitar a lo largo de nuestra existencia. Y lo hace gracias a unos personajes con los que uno, aún teniendo cuarenta y un años, es capaz de identificarse; gracias a unos diálogos brillantes y de suma elocuencia que recogen —o al menos así le parece a este redactor— el sentir atemporal de tan delicada edad y por mor de una dirección honesta y sencilla que, consciente de las fortalezas del libreto, no necesita de trucos de barraca para epatar al espectador y hacerle olvidar que bajo el impacto de las imágenes, se abre el abismo.

Y es que, lo decía arriba, nada hay en ‘Crudo’ que trabaje en aras de convertir a la cinta en un vehículo de personalidad atemporal como si lo es la cinta de John Hughes, y me atrevería a apostar que de aquí a pocos años, nadie se acordará de las falsas polémicas que la rodearon ni mucho menos de una producción que hace que te retuerzas incómodo en el asiento, sí, pero por no saber cómo poner las posaderas; una propuesta que te hace pasar un mal rato, sí, pero porque trascendidos sus cinco primeros minutos demuestra que es un inane vehículo sin algo interesante que contar; un filme del que uno sale con mal cuerpo, por supuesto, pero por haber tenido que soportar cien minutos de proyección anodina, insulsa y completamente despojada de interés o echando mano de una expresión muy coloquial, por haber “aguantado un truño como una catedral”.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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