Conan, El Bárbaro de John Milius: un buen pulp de fantasía

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Ahora que se empiezan a confirmar los nombres para la nueva adaptación de Conan al cine, es un excelente momento para recordar la que ya hiciera John Milius en 982. De algún modo, pese a lo discutible de ciertas decisiones, aquella película fue todo un triunfo en el género fantástico: sirvió de canon en muchas cosas y no tuvo demasiados rivales hasta que Peter Jackson decidió superarla de largo con El Señor de los Anillos.

Ante todo, la adaptación dirigida por Milius y encabezada por Schwarzenegger es una película que supo captar bien la esencia pulp de las novelas escritas por Robert W. E. Howard. No tuvo reparos en ser violenta, en mostrar desnudos o en tener escenas de sexo bastante más explícito de lo que uno puede esperar en una película de fantasía hollywoodiense. Milius no se cortó un pelo y esa elección, unida a una gran producción permitió que los espectadores entráramos sin problemas en el mundo de Conan. Nos lo creímos: vimos que la trama principal de la película funcionaba. Esa venganza de un bárbaro que vio, cuando era pequeño, (¡ay, Jorge Sanz!) cómo mataban a sus padres tenía todo el sentido del mundo en la tierra supersticiosa, primitiva, mágica y épica habitada por Conan.

No digo con esto que la de Milius sea una película lúgubre: no, posee el brillo radiante de la épica y la fantasía más juvenil. Tampoco implica que sea infantilista: pese a algunos toques de humor (principalmente conseguidos gracias a los acompañantes de Conan en su viaje), tiene muy claro que su público es más adulto de lo que muchos pensaban. Se mueve bien en ese difícil punto medio entre lo excesivamente serio y lo paródico, si bien le pesa el militarismo del que Milius siempre ha hecho gala.

Quizás la clave del buen funcionamiento del film sea en que el guión lo escribieron dos manos: Milius y Oliver Stone. Conociendo los defectos de ambos, parece probable que uno contuviera al otro y que las reescrituras provocadas por el choque de caracteres hicieran crecer al guión.

Además, está el factor del casting. El reparto de Conan es un triunfo en toda regla: Arnold dio con el papel de su vida (sí, me gusta más aquí que en Terminator) y va a ser difícil imaginar otro bárbaro como él. Max Von Sydow, el eterno fetiche de Bergman, se plegó a las exigencias de un guión tan distinto a los que él solía tocar: su Osrik tiene el punto exagerado pero no excesivo que necesita. Y James Earl Jones tal vez no sea el mejor Thulsa Doom, pero contribuye a que el film no se vuelva demasiado oscuro.

Como adaptación, es cierto que Conan El Bárbaro se pasa por el forro las novelas de Howard. O, más bien, que hace un batido con ellas. Pero, aunque no sea fiel en argumento ni resoluciones, sí que lo es en espíritu: entretiene como si fuéramos críos y nos da un poco de lo demás. Sangre, mujeres y hombres desnudos, bajas pasiones, traición. Nada del otro mundo, pero hasta esto hay que saber contarlo bien.

Y, por último, Conan El Bárbaro tuvo a Basil Poledouris a cargo de la música: quien ha visto la película sabe que no hace falta decir mucho más. Poleduris supo recoger el testigo y dar con una banda sonora que quedase en la memoria de los espectadores. Menos mal que llegó a tiempo antes de que al inefable Dino de Laurentiis le diese tiempo de contratar a horribles artistas pop en los top 20 de la época.

Por supuesto, el éxito de Conan fue muy grande y merecido, pero luego fue más difícil estar a la altura. Claro que eso es otra historia.

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Roberto Jimenez @fancueva

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