‘Bohemian Rhapsody’, la REINA

Melómano desde que “tengo uso de razón”, mis gustos musicales siempre se han inclinado hacia la música orquestal, ya en su mal llamada vertiente “clásica” ya, sobre todo, en lo que se refiere a la música de cine. Pero la llegada de adolescencia, ese periodo de rebeldía en el que uno tiende a abrirse a horizontes antes inexplorados que, normalmente, tienen que ver con las influencias de los nuevos amigos, supuso en lo personal el descubrimiento de tres puntos cardinales que, alejados del tipo de sonoridades a las que hasta entonces estaba acostumbrado, perduran aún hoy en día como notables tangentes en mis filias musicales.

Una de ellas, la más temprana, fue Dire Straits, un grupo al que llegué gracias a mi amigo Paco Fox. La segunda, que no se alejaba del todo de mis inclinaciones hacia la música meramente orquestal fue, también por mano de Paco, el inmenso universo musical de Mike Olfield. Y la tercera, que tanto el sr.Fox como yo conocimos por la insistencia de un tercer compañero de instituto fue, como podréis suponer, Queen: recuerdo de forma vívida aquél día mediados de 1992 cuando Julio, pues así se llamaba aquél benefactor, nos puso en su casa lo que ahora mismo retumba por los altavoces de mi estudio, el concierto que el grupo británico dio en Wembley en 1986. Afirmar que lo que allí escuché “me voló la cabeza” no es más que la antesala de lo que supuso el descubrimiento de la que, sin duda alguna, considero la mejor agrupación de rock de la historia de la música.

A lo largo de estos veintiséis años, Queen ha supuesto una presencia permanente en mi vida ante la constante extrañeza de mis más allegados, a los que les ha costado entender cómo puedo pasar del concierto para violín de Beethoven a escuchar algunos de los temas más “duros” de los comienzos de la banda londinense. De hecho, ni yo mismo sé la respuesta al porqué de tamaña fascinación hacia todo lo que desarrollaron Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon, pero es escuchar cualquiera de sus letras y todo mi ser entra en un estado de inusitada energía.

A tenor de todo lo anterior, resulta más que obvio suponer que esperaba con cierta mezcla de enorme expectación y aún mayor temor lo que Bryan Singer fuera a ofrecernos con ‘Bohemian Rhapsody’ (id, 2018) la aproximación del cineasta al período de la banda que cubre desde su creación hasta el concierto de Live Aid en 1985 y que, centrada en la figura de su legendario vocalista, había pasado por suficientes problemas de producción y post-producción como para empezar a temer que la desconfianza de la Fox hacia ella terminara derivando en un completo bluff. Afortunadamente no ha sido así, y salvo algún que otro detalle —necesario por otra parte— estamos ante uno de los mejores filmes del año, uno que roza lo sobresaliente y que, ante todo, es un portentoso homenaje a un cuarteto que revolucionó el mundo de la música moderna.

Concentrados esos detalles en el bajón de ritmo que supone el segundo acto, cuando la cinta se centra en ese momentáneo descenso a los infiernos de Mercury que supuso aquél breve periodo entre 1984 y 1985 en el que el artista grababa su primer álbum en solitario —no sólo él, sino todos los integrantes de la banda, algo que el filme pasa por alto— y en el que descubrió que había contraído el SIDA; son los dos extremos del metraje un continuo dechado de virtudes con un Singer inusitadamente enérgico que se deja la piel en ser inventivo, en no repetir fórmulas y en hacerse eco de la fuerza y la intensidad de las canciones elegidas para que el público, lo quiera o no, no pueda parar de cantar.

Edulcorando la realidad con ciertos ajustes “peliculeros” —inevitables, que no olvidemos que esto es cine, no un documental—, si ejemplar resulta el arranque, la forma en la que se nos dan a conocer las circunstancias de creación y grabación de temas míticos como el que da nombre a la película o el ‘We Will Rock You’; aún más lo es ese “grand finale”, quince minutos en los que se recrean —recortados, eso sí— los veintipocos que Queen necesitó para enardecer al público de Wembley el 13 de julio de 1985 y hacer historia de la música al, en palabras de Bob Geldof, máximo impulsor de aquél concierto en contra del hambre en África: “ser la mejor banda del día…llegaron y arrollaron con una canción tras otra…fue el perfecto escenario para Freddie: el mundo entero”.

Enardecidos y electrificados de similar manera a cómo estuvieron los miles de asistentes a aquél histórico evento musical y con la piel de gallina por la emoción que Singer pone en convertir el clímax en algo inolvidable de principio a fin —tan inolvidable, que al ver ahora la grabación en directo del Live Aid es inevitable que se nos erice el vello—, no podemos terminar esta entrada dedicada a ‘Bohemian Rhapsody’ sin hacer mención a lo que, sin lugar a dudas, es el mayor acierto de todos en cuanto incurre el filme: su reparto.

Clavando a May —hay algún instante en que parece que Gwilym Lee es el propio guitarrista rejuvenecido—, a Taylor y a Deacon —la actuación de Mazzello es ejemplar—, donde el departamento de casting se cuelga los mayores honores es en haber visto que Rami Malek podía meterse de la manera en que lo hace en la piel de Freddie Mercury. Siendo más imprescindible que nunca ver la cinta en versión original para apreciar en su totalidad el calado al que llega la actuación de “Mr. Robot” y la forma en la que Malek hace suya la voz de Mercury al hablar; son los gestos, los amaneramientos y la extrema vitalidad que el cantante desprendía en el escenario cualidades que se traspasan tal cuales a su nueva encarnación, y no termino de entender las críticas que he podido leer por la red arremetiendo contra la que, sin atisbo de duda, es una de las más grandes interpretaciones que se han podido ver en la gran pantalla durante 2018. Una interpretación que haría por si sola imprescindible el acercarse a ‘Bohemian Rhapsody’ pero que, rodeada de todo lo demás, convierte a este homenaje a Queen en una cita obligada.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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4 Comentarios

  1. ¡Muchas gracias por el artículo! Yo también soy fan de Queen (y de Dire Straits) desde los 90. Bohemian Rhapsody, Somebody to Love, Don’t Stop me Now y We Will Rock You están seguro entre mis 50 canciones favoritas. Si tuviera que elegir, pondría por delante a los Rolling Stones, pero vamos, estamos hablando de lo más granado de la música del siglo XX.

    Pero no tengo ningún interés en ver la película. Nunca me han llamado la atención las películas biográficas y las pocas que he visto me han decepcionado bastante. Supongo que si la ponen en Netflix, algún día la veré, pero prefiero pasar dos horas viendo el concierto de Wembley, otra vez.

    • A mi los biopic —salvo muy contadas excepciones como ‘Patton’, ‘Ghandi’ o ‘Lawrence de Arabia’—, tampoco me han llamado nunca la atención, pero esta cinta resulta tremendamente estimulante y aporta ciertos datos que hacen de la grandeza de Queen algo aún más inabarcable. Eso sí, como esas dos horas del concierto de Wembley…ufffffff

      • La verdad es que guardaba muy buen recuerdo de Lawrence de Arabia desde que la vi de pequeña con mi padre.

        Hace unos meses, aprovechando que tenía un finde para mí sola y que la habían puesto en Netflix la volví a ver. ¡Qué gran decepción! Me pareció una película absurda. La pretendida evolución del protagonista es de todo menos creíble y las decisiones que toma a lo largo de la película son completamente estúpidas. Para mí está al nivel de El Padrino III.

        Desde entonces tengo miedo de ver películas antiguas de las que guardo un buen recuerdo como El Apartamento o el Puente sobre el río Kwai. Tendré que hacer una cura a base de El Golpe y Lo que el viento se llevó.

        • ‘El Apartamento’ es una OBRA MAESTRA sin paliativos a la que no deberías tener miedo de acercarte. ‘El puente sobre el río Kwai’ tiene un problema en su duración, pero nada más que por asistir al festival que es ver a Alec Guinness, ya vale la pena. Yo las volvería a ver sin dudarlo, sobre todo la de Wilder.

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