‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’, ampliar la escala, minimizar la personalidad

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Desde el momento en que se anunció, hubo algo que no me terminaba de conquistar de esta más que obvia maniobra comercial por parte de Warner que ha sido rescatar el muy lucrativo universo de Harry Potter para la gran pantalla. Habiendo ya cubierto su extenso presupuesto —el filme ha supuesto a las arcas de la productora la friolera de 225 millones de dólares— con la taquilla a nivel mundial de su primer fin de semana de exhibición, y no cabiendo duda de que hará lo propio de fronteras para adentro en Estados Unidos, la propuesta que nos ofrecen David Yates y J.K. Rowling, que se estrena como guionista en el filme, queda enmarcada en ese cosmos mágico que la multimillonaria escritora británica imaginó para el joven con un rayo en la frente y se apoya en un texto de carácter enclopédico sobre las extrañas bestias que habitan en él para ofrecernos un filme que, como comentaba, nada decía a éste redactor en los diversos avances previos que hemos podido ver en la red.

De acuerdo, hoy por hoy fiarse de un tráiler para valorar a priori una cinta es una quimera de singular envergadura por lo mucho que pueden llegar a engañar éstos, pero mis sensaciones tenían más que ver con David Yates y el más que probado hecho de que, cuando tomó las riendas de las últimas entregas de la saga de Harry Potter, desprendió a la franquicia de la personalidad que nombres como Chris Columbus, Mike Newell y, sobre todo, Alfonso Cuarón, le habían aportado en sus cuatro primeros peldaños: inane hasta decir basta, la dirección del británico tenía momentos brillantes, sin duda, pero los que había se perdían en conjunto carente de carisma que a punto estuvo de arruinar en más de un momento la multimillonaria franquicia.

Con ese temor cual espada de Damocles, me acerqué el viernes pasado a ver ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’ (‘Fantastic Beasts and Where to Find Them’, David Yates, 2016) con un nivel de expectativas paupérrimo, algo que recientemente ha ayudado a no pocas producciones a sorprenderme. Desafortunadamente, no es el caso, y la nueva apuesta de Rowling y Warner por atrapar a aquellos que nos dejamos encandilar hace tres lustros se salda con resultados que se mueven entre lo correcto y lo pobre pasando por un inmenso oceáno de mediocridad.

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En él, en ese inmenso oceáno, navega sin rumbo, como era de esperar, la dirección de David Yates. A tenor de lo que ya se vio en ‘La orden del Fénix’, ‘El misterio del principe’ y las dos partes de ‘Las reliquias de la muerte’, que Warner haya querido “confiar” en él sólo parece apuntar a minimizar el riesgo en taquilla de la cinta: sin soluciones que entren en lo brillante, el nivel máximo al que raya Yates es el de la corrección que acompaña a ciertas secuencias entre las que destaca la visita a la maleta de Newt Scamander, el mago naturalista al que da vida Eddie Redmayne. Al margen de dicha afortunada inclusión, el guión de Rowling y la dirección de Yates alterna sin solución de continuidad entre los instantes luminosos y aquellos en los que lo tenebroso se abre paso en la trama, sin que la relación entre ambos se perciba como natural en ningún momento.

A reforzar dicha impresión viene el tono casual del que se rodean las excesivas dos horas y cuarto de metraje, una duración a la que no le habrían venido nada mal unos buenos tijeretazos aquí y allá y, ante todo, una definición de personajes en condiciones, otro de esos “detalles” que esta superproducción ha descuidado hasta niveles que sorprenden: envueltos en ese mismo halo de “por que sí” que rodea a todo el filme —y que ya se intuye en un arranque in media res— ninguno de los cuatro protagonistas ni, por supuesto, la legión de secundarios que les siguen, consiguen conectar con el espectador al nivel que sí lo hacía el Harry Potter de Daniel Radcliffe. No cabe duda que buena parte de la responsabilidad de esa imposibilidad de empatizar recae también en la forzadísima y muy impostada interpretación de Redmayne, ininteligible en un alto porcentaje del metraje —verla en versión original no fue, en esta ocasión, motivo de celebración— y en el simpático pero prescindible talante de comedia que acompaña a Alison Sudol y Dan Fogler.

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De hecho, es tan desmedida la personalidad cómica del filme que, combinada con el sesgo dramático y con lo directamente fantástico de la acción, uno no sabe muy bien a qué diantres han querido jugar los responsables de ‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’…o lo intuye, pero no le convence. Con el problema añadido de no contar con un villano de envergadura —parece que Voldemort va a ser imposible de superar hagan lo que hagan—, se salvan de la quema el fastuoso diseño de producción, los apuntes del guión que aluden al cambio de escala del mundo de la magia al que hace referencia el título del artículo y una partitura de James Newton Howard que, en perfecta comunión con la cinta, rescata a la mejor versión del compositor por mucho que una buena parte de lo que escuchemos retoce en lo autoreferencial.

Ante la perspectiva que abre el que Warner haya puesto en marcha los mecanismos para ofrecer cuatro películas más —¡¡cuatro más!!—, sólo cabe esperar que, bien por arte de magia, bien por una afortunada alineación de astros, las secuelas de esta primera entrega concurran en ofrecer todo lo que en ella se ha quedado ad portas. Mientras tanto, por qué no, no estaría mal revisar la saga de Harry Potter y confirmar que, en cualquier pasaje de las aventuras del joven mago, había mucha más chispa que en este errático vehículo a mayor gloria de las arcas de sus responsables.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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