‘Ahora me ves 2’, similar truco, desiguales resultados

Ahora me ves poster

Hay estrenos que merecen una entrada larga, que trate de acercarse desde diversos ángulos a la complejidad de la experiencia cinematográfica y que, una vez leídos, consigan alzarse como un complemento más o menos ajustado a lo que supone ver la cinta a la que hacen referencia. Otros, en el extremo opuesto, son de aquellos que podríamos despachar con un par de palabras o a lo sumo una sucinta frase ingeniosa que resumiera con contundencia y algún chascarrillo lo que se puede esperar de ellos. Y después, por supuesto, están los estrenos como ‘Ahora me ves 2’ (‘Now You See Me 2’, John M.Chu, 2016), que ni se hacen acreedoras de una disertación sesuda porque, seamos francos, para qué; ni tampoco se acomodan en ese segundo grupo en el que sí entraría, por ejemplo, la horrenda ‘La leyenda de Tarzán’ (‘The Legend of Tarzan’, David Yates’, 2016) que llegaba a nuestras carteleras el viernes pasado.

Así las cosas, y situada en ese amplio término medio al que cabría relegar a tantas producciones actuales que entretienen lo justo para no dar una cabezada en el cine —máxime cuando en la sala se está tan alejado de las exigentes temperaturas estivales—, la secuela de la muy entretenida y aún más simpática ‘Ahora me ves’ (‘Now You See Me’, Louis Leterrier, 2013) apuesta sobre seguro y no arriesga casi nada para salir medianamente indemne de su lidia con un público que, ante todo, debería tener claro lo que podrá encontrar en ella: un escapismo facilón que intenta complicarse la existencia en exceso con un guión que trata de ser “molón” pero no lo consigue —más de esto en un momento—, que atesora en sus actores los mejores ases con los que conquistarnos, que peca de un claro exceso de duración atribuible a severas dudas en cómo hacer avanzar la acción en un segundo acto que se eterniza sobremanera y que, en lo que a dirección se refiere, nos presenta a un John M.Chu que hace que añoremos, y cómo, a Louis Leterrier.

Ahora me ves 2 A

Aturrullada y confusa, la dirección de Chu es especialmente dolorosa en los momentos en los que la acción hace acto de aparición, y no hay mejor exponente de ello que la secuencia en la que Mark Ruffalo trata de escapar en las calles de Macao —bueno, en un decorado que canta a la legua, para qué negarlo— de unos matones: en lugar de optar por alejar plano y dar paso a una cierta claridad narrativa, Chu se decanta por acercar el objetivo todo lo posible al fragor de la lucha y, al hacerlo, logra que sea imposible apreciar qué diantres está pasando al tiempo que empobrece a pasos agigantados la percepción que del filme se lleva el respetable. No ayuda a que ésta mejore, como decía antes, el hecho de que el libreto recorra casi punto por punto una enorme mayoría de los lugares que ya eran más o menos comunes en la cinta que precede a ésta, o que, trascendido un primer acto que funciona más o menos sin fisuras y a buen ritmo, el filme languidezca en uno intermedio que no sabe muy bien por dónde tirar.

Afortunadamente, para hacer más llevadero el trance, los actores —casi sin excepción— se lo pasan bomba y transmiten una simpatía contagiosa que, llegado el momento, consigue que nos despreocupemos por las notables carencias de la cinta, olvidemos que su presencia es cada vez más acusada y nos dejemos llevar por un discurrir que no aguantaría una mirada dispuesta a arrancarle los colores. Quizás de entre todos ellos eliminaría a un Jesse Eisenberg que reitera sus habituales tics o a un Michael Caine hierático y poco carismático, y destacaría a una entusiasta Lizzy Caplan que, si bien no consigue que olvidemos a la bella Isla Fisher, al menos lo intenta y es de los aspectos de la producción junto al efectivo trabajo de Brian Tyler en los pentagramas que nos ganan por completo. De acuerdo, no es mucho; y sí, la cinta es legible a dos mil leguas, ¿pero de verdad importa? Déjenme responder: ni lo más mínimo. A ver que nos depara la tercera parte y cómo se cierra esta historia de magos, engaños y robos a gran escala.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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